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¿QUIÉN LE ENTRA?

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Por: Rafael Ayala Villalobos

El aniversario del avecindamiento de La Piedad, nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre cómo desde lo local podemos ayudar a lograr un mundo mejor.

Igual que México, el mundo vive una grave crisis en lo económico, ecológico y político. No hay una visión mundial de justicia y se van acumulando los problemas sin resolver. Hay parálisis de la política e incluso ausencia de ésta. La mediocridad de los líderes políticos, chatos para ver el futuro y faltos de interés en el bien común, insisten en aplicar respuestas anticuadas para los nuevos retos.

En el planeta aumenta el desempleo y la destrucción familiar, la pobreza, la insalubridad y el hambre. La violencia campea por doquier. Niños mueren asesinados y niños asesinan. Las tensiones entre los sexos y las generaciones son inquietantes. La corrupción política, económica y administrativa corroe a los Estados nacionales. La prostitución es agua de uso. Las migraciones reflejan el saqueo que los países ricos hacen a los países pobres.

La solución pacífica de los problemas sociales, raciales y económicos, es cada día más difícil de practicar porque se opta por el conflicto y la violencia. El consumo de drogas y la delincuencia organizada descomponen comunidades y familias y se adueñan de vidas. El planeta sigue siendo saqueado y maltratado como si nada.

El modelo consumista de vida depreda los recursos naturales, el modo de producción y de acumulación de capital empobrece mayorías y enriquece a unos cuantos, modelo que presenta un síntoma revelador: el gran desperdicio de alimentos en las sociedades más industrializadas, cuando miles mueren de hambre y de enfermedades curables.

La religión está siendo utilizada como mística guerrera. Preocupa que religiosos de diferentes lugares del mundo inciten al fanatismo, a la agresión y al insulto para ganar imponiendo no razones sino la mayoría numérica. La religión no siempre tiene que ver con lo espiritual. La religión fanática explota la ignorancia y la vemos inspirando violencia desde el deporte, el sindicalismo y la política.

Nadie puede estar de acuerdo con todo lo anterior porque esto no puede ser así desde el punto de vista ético, y no debe seguir así. Se necesita una ética que ofrezca soluciones certeras a los problemas mencionados para que exista un asidero moral, un basamento moral para un mejor orden individual, colectivo y gubernamental, que ofrezca a los hombres y a las mujeres una esperanza actuante y

presente que les permita redimirse de la desesperación del predominio de la fuerza y que sea capaz de propiciar la concordia en las comunidades.

El humanismo político que se desprende de las religiones cristianas puede ser el factor que amalgame, que articule, que sea el fundamento de una ética municipal, nacional y mundial. Es más fácil ponerse de acuerdo dentro de éste campo, que seguir presentando dicotomías falsas: socialismo o capitalismo, populismo o democracia, etc. Se trata de crear un consenso básico, mínimo, relativo a valores que sean vinculantes para todos y que sirvan de ejes para la educación del carácter y costumbres de los pueblos.

Dicho consenso debe ofrecer criterios estables y actitudes morales fundamentales, porque no es posible ni un orden mundial, ni nacional, ni local sin ética. Y ésta es tarea y responsabilidad de todos, pero más de los políticos y de los líderes religiosos, incluso de los gnósticos, que al fin también son una religión en el sentido etimológico de la palabra.

En adelante, conviene distinguir entre los líderes que buscan construir una eticidad cristiana, libertaria y justiciera, que acuden al pensamiento social cristiano, de aquéllos que simplemente se forman en la fila de quienes esperan su turno electoral para beneficiarse con el actual estado de cosas mientras pregonan que ya vivimos en el mejor de los mundos posibles, cuando eso no es verdad.

Todos debemos, pero empezando por los políticos de cualquier signo y religión, estar convencidos de que todos somos responsables en la búsqueda de un nuevo orden local-parroquial y mundial, en el que exista un real y efectivo compromiso con los derechos humanos, haciendo de éstos el principal programa político a realizar con libertad, justicia, paz y conservación del planeta.

Es necesario convencerse, también, de que las diferentes posturas políticas y religiosas no deben ser obstáculos que impidan trabajar de la mano en favor de una mayor humanización de la vida colectiva.

Entendamos algo: todavía hoy la humanidad dispone de suficientes recursos económicos, culturales y espirituales como para edificar un mejor orden mundial. El problema es que hay una lista de tensiones económicas, étnicas, nacionalistas, sociales y religiosas, antiguas y modernas, que impiden la construcción pacífica de un mundo mejor. Ahí es donde los políticos de a de veras tienen que trabajar con una visión de convivencia pacífica partiendo de una consigna: todo ser humano debe recibir un trato humano porque tiene una dignidad de origen divino inviolable e inalienable.

Quizá la fórmula para avanzar en ésta dirección sea, por sencilla, ésta: “No hagas a los demás lo que no quieras para ti”, volteándola al revés: “Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti”, según la enseñanza cristiana.

Entonces, ¿qué hacer? Por lo pronto, no esperar a que los millones de pobladores del planeta se pongan de acuerdo y empezar por nuestra comunidad local, nuestro municipio, nuestra parroquia, donde por provenir todos más o menos del mismo proceso de formación familiar, escolar y social, se facilita la toma de acuerdos para tener una misma agenda valórica y programática, para ser una comunidad dialógica y ejerciente de la democracia participativa, una comunidad donde cada uno de nosotros seamos agentes de cambio positivo.

¿Cómo debo entender eso de “desde la parroquia”? No se refiere al templo donde se celebra misa, sino al sentido más original de la palabra “parroquia”. En la antigua Roma la “pagensis” era una forma jurídico – política de organización de personas en un mismo territorio o zona económica, de ahí viene “Pays”, territorio donde hacen vida común quienes tienen una misma cultura. En la antigüedad se consideraba “pariente” a quien vivía a una distancia menor a una jornada de camino a pie. En griego “Para” significa junto y “Oikos”, habitar en común un territorio. De ahí viene “Paroikéo”, que es un verbo que significa “vivir junto a…”. Entonces “parroquia” es la comunidad de vecinos que se unen e identifican por ser parientes, por habitar como comunidad un mismo territorio, por encima de cualquier otra diferencia.

Por eso, para lograr un nuevo orden mundial hace falta que, parta empezar, hagamos política parroquial. ¿Qué pasaría si, por ejemplo, aprovechando el aniversario de La Piedad y que el 28 de enero será jornada por el acercamiento de los cristianos, católicos y los demás, los líderes religiosos, partidistas, académicos y de diversas organizaciones de la sociedad civil, ya empresariales, ya sindicales, ya profesionales, se reunieran a dialogar, a discernir y acordar, con el auspicio de la autoridad municipal? Algo bueno saldría de ahí.

Y es que urge una agenda comunitaria que nos dé identidad y guíe la acción para procurar el bien común. “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común” (Carta del apóstol san Pablo a los Corintios (12,4-9).

¿Quién le entra?