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ME OLVIDÉ DE VIVIR

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Hace varios años en la cantina de Toño López, en La Piedad, le pregunté al gran maestro colimense pero adoptado por todos los piedadenses que lo conocimos, José Barragán Covián, que en paz descanse que porqué pedía con frecuencia la canción “Me olvidé de vivir”, del español Julio Iglesias. “Escúchala con el corazón”, me respondió.

Hace poco unos albañiles, entre palada y palada, la disfrutaban en una construcción, y me paré a escucharla con atención. La canción es sincera desde su título: “Me olvidé de vivir”. Con ella el autor expresa su necesidad de ganar, de gozar, de triunfar, de poseerlo todo y probar de todo… se olvida de vivir, ¡nada menos que de lo más importante!

Y así es. Muchos quisieron tenerlo todo en la vida hasta que se percataron de que iban de prisa por el sendero errado. Otros están peor: ni siquiera se dan cuenta del error y van en una desenfrenada carrera empresarial, profesional o política desbocada para hacer lo que quieren, guiados por el afán de poder, sacrificando familia, amigos, compañeros, estresados por todo aquello que creen se les interpone, sin darse cuenta de que de seguir así ¡les llegará su día triste…!

En el reverso de la moneda está la tranquilidad espiritual, ésa que regala serenidad y salud. Hasta Jean Paul Sartre, filósofo ateo, aceptó que lo “espiritual o Dios” aporta la serenidad para ver la vida más desde lo que llevamos adentro que desde lo que hay afuera.
En efecto, Dios promete enviar su Espíritu a cada uno de nosotros, pero amándolo.

Entonces el Espíritu de Dios vivirá la misma vida que nosotros, lo que nos da como ganancia espiritual jamás sentirnos solos, para empezar, pero para continuar, el Espíritu del Gran Hacedor, nos nutre por dentro de amor, gozo y paz, de serenidad, concordia y bondad, de fe y fidelidad, y de mansedumbre y dominio propio…

¡Y ésa sí que es vida buena!