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EN NAVIDAD, HERODES, PRESENTE

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Por Rafael Ayala Villalobos

La Navidad de 2018  es diferente a otras porque no sucede como fiesta de confraternización de las familias y de las naciones, ni de los gobiernos con sus sociedades.

Los cristianos celebramos que la divinidad  encarnó en persona humana para vivir como hombre entre los hombres y ayudar a hacer el reino de Dios en la Tierra, esto es, a que la humanidad viviera como una comunidad socialmente justa, ambientalmente sostenible y libre para que todos fuéramos buenos.  

Actualmente la Navidad tiene el rostro temible de Herodes el Grande (73 a.C. – 4 a.C.)   responsable de la matanza de niños inocentes. Celoso, concentraba  poder; caprichoso, atropellaba a las provincias y aldeas imponiendo sus ocurrencias; locuaz, imponía su palabra y acciones irracionales de gobierno como si fueran ley; soberbio, utilizaba las costumbres y los símbolos del pueblo para manipularlo; vanidoso, repartía pan y circo para recibir adulaciones fáciles y aplausos fanáticos, sin reparar en la quiebra del tesoro público; frenético, era fiel practicante de “la promesa hecha ayer era conveniente, como hoy conviene romperla”; y ordenó degollar a todos los niños menores de dos años porque le dijeron que en Judea había nacido un niño-rey.

El tirano provocó una de las palabras más dolientes de toda la Biblia:  “En Ramá se oyó una voz, gemidos y mucho llanto: es Raquel, que llora a sus hijos, y no quiere ser consolada, porque ya no existen” (Mt 2,18).

Lo triste es que eso de asesinar inocentes aún continúa de otra forma. Las políticas neoliberales impuestas por el imperialismo, quitando derechos, disminuyendo salarios, cortando beneficios sociales como salud y educación, seguridad y pensiones, congelando 20 años las posibilidades de desarrollo, depredando el planeta y a los países de la periferia del capitalismo, tienen como consecuencia una perversa y lenta matanza de inocentes de las grandes mayorías pobres de México y del mundo como consecuencia de considerar más importante al mercado que a las personas.

Mientras en México, como en otros países, tenemos unos cuantos muy ricos y una clase media en peligro de perder su estatus, aumentan los millones de pobres y parias que resbalan de la pobreza a la miseria, víctimas de la desigualdad y de un injusto y absurdo modelo de producción y de consumo que el Estado tutela.

Podrá decirse que hay cambio de régimen, pero si la transformación no va más allá de un simple cambio de caras, siglas y estilos de gobernar, dejando intocada la infraestructura económica y la estructura jurídico – política, el Estado no será transformado ni en México ni en cualquier otra nación.

Esto significa hambre en los niños que mueren por desnutrición y enfermedades  evitables, personas mayores que no consiguen sus remedios ni acceso a la sanidad pública, condenados a morir antes de tiempo. Esta matanza tiene responsables: Las élites del poder económico y político.

También  son responsables aquéllos que quieren volver a aplicar recetas malogradas en el pasado en materia de  finanzas públicas y de economía, manteniendo como está la naturaleza del proceso de acumulación de capital en pocas manos.

La farsa aligera los rigores de la vida diaria a la clase trabajadora con aumentos salariales que pronto son rebasados por la carrera alcista de los precios, y a los ancianos con paliativos que están muy lejos de ser fruto de la solidaridad y la subsidiariedad sociales  y que sólo agrandan el padrón del clientelismo político – electoral, y anestesia a los jóvenes con ilusiones con la finalidad de que presionen menos a los dueños del capital a que se guíen por los criterios del destino universal de los bienes, previsto y mandado por Dios desde la génesis de la humanidad y vuelto a ratificar por Jesús el Cristo. Se trata de políticas públicas que funcionan como válvulas de escape de la presión social parta evitar una real transformación a fondo.

El historiador J. Honorio Rodríguez, brasileño él, que estudió la conciliación de la clase gobernante en américa latina, siempre de espaldas al pueblo, dice con razón: “los liderazgos nacionales, institucionales o caudillistas, en sus sucesivas generaciones, son siempre reformistas, elitistas y personalistas… Si tales populistas son de signo derechista, hasta con la religión se cobijan, si son izquierdistas, hasta la cobija hacen religiosa con tal de crear señuelos fetichistas para las masas ignorantes y fanáticas. El arte de robar es noble y antiguo, practicado por esas minorías y no por el pueblo aplaudidor.  El pueblo no roba, es robado… El pueblo es cordial, la oligarquía es cruel y sin piedad…, y cambia de capataces que le controlen al pueblo según le vaya conviniendo, ya rojos, ya azules, pero siempre para tener dominado al pueblo”.

Estamos viviendo una repetición de esta maléfica tradición, de la cual nunca nos liberaremos sin el fortalecimiento de un anti-poder, venido de abajo, de quienes bien comprendan que el planeta es de todos y que el mejor Estado es el que ponga en el centro de su acción la dignidad de la persona humana, dignidad derivada  del hecho de que el ser humano es manifestación del niño Divino que vino a derribar  élites perversas  e instaurar otro tipo de Estado, con otro tipo de política republicana, donde el bien común se sobrepusiera al bien particular y corporativo.

La Navidad de este 2018 en el mundo y en México es una Navidad  bajo el signo de Herodes. No obstante, creemos que el divino Niño es el Mesías liberador y que  la Estrella, o sea, la doctrina social del cristianismo es generosa para mostrarnos mejores caminos.  

Feliz Navidad, amigo lector.