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VIVIR EL TIEMPO

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Mi amigo Neracio me regaló un reloj de pared cuando me cambié de domicilio hace tiempo: sencillo y rectangular, de madera de ciruelo como el san Sebastián del templo del Señor de La Piedad, con números negros enormes sobre un fondo nacarado. “Era de mi bisabuelo que trabajó de burócrata en telégrafos en el porfiriato y no te regalo un reloj”, escribió en una tarjetita con que me lo mandó: “Te regalo tiempo”.

13 días después de recibirlo, lo llevé al relojero de la colonia para echarlo a andar pero no pudo repararlo: las manecillas no se movieron y la hora seguía siendo la misma: las 6:15, no sé si de la mañana o de la tarde. Probé con el mejor relojero que me recomendaron, quien después de tenerlo en su taller varios días, me dijo apurado: “Nunca había sido derrotado por ningún reloj, éste ha de estar embrujado”. Probé sacudiéndolo, le di golpecitos al vidrio garigoleado que lo cubre y un coscorrón en su madera y nada. Entre intrigado y desanimado lo colgué sobre una repisa para que, detenido a las 6:15, diera calladamente la impresión de que la hora no urge y de que el tiempo del año no pasa.

Ocacionalmente pienso que Neracio me dio adrede un reloj mal fabricado para que el aparato cumpliera una nueva tarea, desconocida hasta ese

momento: dar siempre la misma hora y no fallarles a los que esperan que un reloj les dé efectivamente el tiempo suficiente para vivir vida buena antes de morir.

Esta tarde fría del último domingo decembrino de 2018, a punto de vivir en el tiempo de 2019, con el reloj detenido mirándome a corta distancia, leo en voz alta una carta que recibí hace tiempo de mi amigo Neracio –cada día más entrañable- sobre el cáncer desalmado contra el que luchó años atrás, y cómo sobrevivió a él luego de que ordenara que le quitaran la próstata conquistando así un tiempo nuevo: “Desde un principio intenté, sí no hacerme amigo de ésta palabra, cáncer, por lo menos no entrar en guerra con ella. Este cáncer no provenía de ningún brutal ataque exterior. Era yo: se había generado dentro del misterioso mundo de mis células. No me gustaba el vocabulario bélico utilizado para referirse a él: no quería luchar en contra de, vencer, destruir. Por eso, decidí tratarlo no como un enemigo, sino como un error que había que corregir. Células más habían tomado un camino equivocado: su afán de inmortalidad amenazaba con adelantar mi muerte a costa, inútil negarlo, de grandes sacrificios”.

Neracio sintió miedo: miedo a la muerte, miedo a ya no tener tiempo por delante, miedo a no saber lo que sucedería con el país dentro de algún tiempo y miedo al miedo que sentían los demás que lo rodeaban. Pero no era para vivir llorando que quiso vivir más tiempo Tampoco quería que la palabra cáncer lo definiera: “Yo no debo permitir que el pánico en la mirada ajena me reduzca a mi enfermedad”. Después de un tiempo logró deshacerse del tumor y aprendió que todo ocurre en el presente y que en el presente ahora Neracio es más Neracio que nunca.

Cómo no sabré yo que está vivito y coleando si nos reunimos a veces a platicar y reír. Admiro su lucidez y su risa de tenor con la que viaja a todos lados. Es un descendiente de italianos que escogieron México para vivir muchísimos años atrás y se quedaron para siempre en cuerpo y alma. Un día le pediré que leamos en voz alta los Discursos de la Década de Tito Livio, de Maquiavelo, y los ensayos de Montaigne, su autor más respetado, el que dijo: “Filosofar es aprender a morir”. Montaigne, sobre el miedo, dijo: “Es una pasión extraña , los médicos dicen que no hay ninguna que descarrile tanto el seso. Y es que he visto gente volverse loca de miedo, incluso a los más serenos, es indudable que durante el ataque el temor engendra espejismos. El miedo es de lo que tengo más miedo, porque sobrepasa en aspereza cualquier otra prueba”.

Le he escuchado decir a mi amigo que durante y después de la enfermedad aprendió que había muy pocas cosas que de verdad importaban. Ahora quiero llamarlo por teléfono y preguntarle lo que no alcancé anoche, cuando nos vimos para tomar un café él y una Tecate yo. “¿Cuáles son las cosas que de verdad importan, Neracio?”. Sospecho de algunas, pero me resisto a nombrarlas para no romper el hechizo.

Sé que él intentará una respuesta después de soltar una carcajada sonora. Su sentido del humor, a prueba de balas melancólicas y de huracanes depresivos, será su mejor manera de empezar a contestar, más o menos: “No digo el silencio del cerro, sino la paz espiritual”. Y luego agregará: “No diré más que amistad”.

Frente al reloj de las 6:15 leo otro de sus correos: “…fuimos dejados en la vida por la mano de Dios para quedarnos en la libertad y estamos de paso…”. Luego sigue: “Todos tenemos un tiempo para sublimar la libertad, para utilizarla en hacernos buenos. En esto consiste la vida, en sublimar la libertad para practicar la bondad con nosotros mismos y con los demás, es decir, en llevar a cabo el acuerdo y la armonía más perfectos posibles entre la libertad de cada quien y la voluntad de Dios. Es entonces cuando la gracia de Dios podrá nutrir las raíces de la libertad individual, y ésta se hará más viva, más dinámica y más actuante en la obra creadora de Dios”. Y agrega: “Las costumbres, las leyes y la moral misma serán aceptadas por la libertad y perderán por éste hecho su carácter de coacción social y de poder de dominación. El tiempo por sí sólo nada es. Es la libertad del hombre la que buscando la bondad le da sentido y contenido. La libertad creadora hará del tiempo una poderosa, dulce y preciosa ayuda…, mientras se tenga”.

Neracio está sano pero sé que algún día su tiempo y el mío se nos acabará. En caso de terminársele a él antes que a mí, me dolerá mucho porque me privará de seguir conversando con uno de los seres más magníficos que haya conocido en mi tiempo. Neracio no entiende el tiempo sin amigos con los que ríe de todo, vaya, hasta de las tragedias. Ha dicho: “Seguiremos riendo, más vale pesarla bien, porque de ésta vida nadie sale vivo”.

En su penúltimo correo me dijo: “La meta no me interesa. Me interesa el paisaje y cada paso que damos es la meta misma”. Hoy que releo ésta carta frente al reloj de las 6:15 me digo: Debemos alegrarnos, hacer afirmaciones por nuestra felicidad cotidiana porque cada día tiene una cualidad diferente, una coloración distinta. Debemos valorar cada instante y dar algo: paz, hogar,

tiempo, conocimiento, vida, amor, amistad, concordia…, mientras tengamos tiempo.

Ahora ya cesó la ventolera fría, el cielo se ha despejado un poco y ha salido el sol pero sólo para ocultarse. Salgo a caminar con dirección a dónde se pone el sol. Camino…, mientras tenga tiempo.

Feliz 2019.