Inicio Opinión UNA NUEVA POLÍTICA

UNA NUEVA POLÍTICA

14
0
Compartir

POR RAFAEL AYALA VILLALOBOS

La manera de hacer política en México ha cambiado. Está brotando una nueva forma de hacerla en la que los ciudadanos ya no contarán con partidos como mecanismos para vincular a la sociedad civil con la sociedad política, o sea, con el Estado. O por lo menos no exclusivamente.

Los partidos clásicos ya no serán sistemas de agrupación y organización política en torno a principios ideológicos e intereses económicos, no serán más maquinaria-programa. Han perdido sus bases sociales, todos, incluido el que ganó la elección a nivel federal porque no la tuvo y aún no la tiene; su votación es referencial y le da legitimidad, pero hasta ahí.

Empieza una era de dispersión en la que el universo de grupos iniciará una dinámica de existir y moverse frente y alrededor a un movimiento dominante: Morena.

El riesgo de que el Estado democrático y social de derecho fracase, es grande. La democracia representativa, participativa y operativa, está también en grave riesgo por la imposición de una visión y un estilo unipersonal que empuja a transitar de un régimen oligárquico a uno tiránico y demagógico –degeneración de la democracia- (no oclocrático, el gobierno de la muchedumbre, como algunos afirman). El empuje es eficaz porque el presidencialismo mexicano otorga inmensas facultades al ejecutivo.

Poco a poco los grupos de presión sindicales y sobre todo empresariales –lo estamos viendo- buscarán agruparse, a partir de coincidencias e intereses, creando conglomerados para la reflexión y

el debate de los asuntos públicos, siempre de la mano de quien opere el Estado, muy al estilo del nacionalsocialismo alemán y del fascismo italiano (teniendo como modelos el PNR de Calles y el PRD de Cárdenas) buscando no tanto que el capitalismo no explote al ser humano, sino que se construya un nuevo capitalismo monopolista de Estado, con corporaciones y todo, en el que el gran capital siga ganando en detrimento de la ciudadanía.

Si no, véase la transición aterciopelada porque apunta sólo cambios de forma pero no de fondo, dejando intocado al Estado. Nótese a la oligarquía refunfuñando por el aeropuerto de Texcoco pero sin dejar de quemarle incienso al nuevo poder. La fórmula es sencilla: someterse al Estado para que éste garantice que el gran capital y el sindicalismo monopólicos sigan sometiendo a la sociedad.

Esto es simple y llanamente populismo en beneficio del gran capital. El liderazgo mayor controla las masas para que no se desborden y todo pueda seguir igual. La austeridad aparente es sólo para agradar a ése gran capital, lo mismo que las simplificaciones administrativas, sin importar que la administración pública pueda ser menos eficiente. Ahí está el ejemplo en cómo el presupuesto para el 2019 contempla aumentar en alrededor de 400 mil millones de pesos el rubro de servicios personales y en cambio reduce casi a la mitad las participaciones a estados y municipios. Cuando un gobierno ahorra por ahorrar y disminuye su eficiencia, lo que está haciendo es trasladar mayores costos a los productores. Se trata de un centralismo financiero para que nadie, sino sólo el centro haga clientelismo político y para debilitar a los ayuntamientos y gobiernos estatales.

Pero sobre todo es aparente porque en el fondo quiere quitar herramientas de acción a la oposición y debilitar todas las formas de control y de contrapeso entre los poderes del Estado y los tres órdenes de gobierno.

Así, la política de exterminio de la oposición de derecha, de izquierda o del centro, busca el totalitarismo al servicio de la gran burguesía

financiera y especulativa. Es cosa de ver quiénes han sido los mayormente interlocutores de quien ganó electoralmente.

La oposición, sin propuesta alternativa y sin liderazgos de talla nacional, con la mayoría de gobernadores arrinconados (con excepciones muy dignas) y sin organizaciones populares, tendrá tan solo manifestaciones esporádicas de resistencia.

Cómo surjan y evolucionen las nuevas agrupaciones políticas, no lo sabemos; llevará tiempo conocerlo. Hay quienes ingenuamente andan pregonando que van a “refundar”, a “reconstruir”… Y es que no saben…

Ya estamos viendo que las reuniones periódicas de los mini conglomerados sociales creados para debatir sobre los asuntos públicos y políticos están siendo “financiadas” por los propios participantes, colectando para los gastos de operación de éstos nuevos núcleos cuyos criterios para admitir a alguien es bastante flexible y plural y lo previsible es que caminarán poco a poco hacia criterios y programas asentados en sus afinidades de intereses económicos o por misiones y visiones ideológicas.

Hace unos 200 años la política todavía se hacía mediante la Masonería. Un poco después también a través de los sindicatos. Los primeros partidos fueron los de corte laborista y orientación socialista. A mediados del siglo diecinueve eran los “clubes políticos” quienes “partían el queso” de la política, promoviendo el ejercicio de los derechos políticos y perfilando gradualmente los partidos liberal y conservador. Como reacción, aparecieron los conservadores, más tarde la socialdemocracia y la democracia cristiana. Ya luego aparecieron posturas ¿tutifruti?. Lo cierto es que la política se ha hecho por excepción a través de los partidos políticos, pero son las posturas independientes o dependientes del Estado, las que en la historia han prevalecido. Y a eso regresamos.

Aquí y ahora, luego del 1 de julio de 2018, el cambio no sólo se da en

las formas, sino también en la sustancia. Es evidente que ciertas reglas, costumbres, entendimientos y acuerdos sociales que rigieron hasta este año caerán en desuso, las más destacadas aquéllas vinculadas con la corrupción, los “moches”, la oposición “a modo”, los “desayunos”, los acuerdos “en lo obscurito”, el clientelismo, la seguridad pública, y el pacto federal aplastante de municipios y estados.

Éstos vicios quedarán en el pasado como impulso de esta nueva era, que dará lugar a un pacto social quizá no corrupto a nivel presidencial, pero lo más probable es que de ahí para abajo el orden federal hervirá de corrupción a juzgar por muchos de los perfiles de quienes van a integrar la estructura administrativa y la ingenuidad y falta de visión de Estado con que se toman algunas medidas. En las relaciones privadas se puede partir de la buena fe, pero el Estadista responsable tiene que partir del entendimiento de que el hombre es dado a la maldad antisocial y entonces tiene que diseñar acotamientos a las conductas contrarias a la comunidad y a los fines del Estado.

Los entendimientos con el crimen organizado serán muy al estilo del “dejar hacer, dejar pasar”, sobre todo en la etapa de la justicia transicional que nunca arribará al puerto de la paz porque el Estado seguirá prohijando el mismo modo de producción y de consumo, el mismo modelo de acumulación de capital y por lo tanto seguirán existiendo causales para que el delito organizado pueda nutrirse del factor socio-económico y cultural.

Viene también un nuevo régimen de relaciones entre los medios de comunicación y el gobierno, fincado en una autonomía financiera gradual de los medios de comunicación respecto al poder público, creando una nueva base de mayor libertad para el desarrollo democrático de México. El resultado es que serán pocos los sobrevivientes, en detrimento de la pluralidad, la democracia y los contrapesos, pero en favor de que ahora sí tengamos periodismo.

¿Y qué hará el empresariado en el nuevo régimen? Finalizado el estatus quo de la relación de los partidos políticos actuales con los diversos grupos de interés, el empresariado también habrá de buscar nuevas formas de participación política, más fragmentada, menos empaquetada en “cámaras”, pero sujetas al nuevo corporativismo fascista, en el sentido no peyorativo sino descriptivo del término.

Discusiones recientes entre empresarios han revelado que la situación que ha prevalecido, ha dejado de ser funcional para su participación política y la defensa de sus intereses. Y lo mismo sucede con los sindicatos.

El cambio habrá de darse también como producto de las modificaciones en los regímenes de libre comercio y de inversión. Dejará de funcionar el intercambio organizado con base en grandes intereses, pues no encontrarán interlocutores estables y confiables.

Actualmente, en ésta etapa de transición en el empresariado parece rezar cada quien para su santo, apoyando cada quien su participación política en lo individual, manteniendo ligas con organizaciones empequeñecidas, en lo que brota desnudo el nuevo régimen dictatorial.

Ahora bien, para acabar de demoler el viejo régimen, los del poder exigirán nuevas modalidades: hacia adentro, de centralismo asfixiante, de un partido-movimiento casi único, irreflexivo, adulador de una jefatura imponente e impositiva, avasallador con los estados y los municipios. Hacia afuera, con el concierto internacional, especialmente con Estados Unidos, será menos unidireccional, tratando de unirse a otros países, pero sólo para efectos de aumentar la legitimidad al interior de México. Ese orden más suelto también abrirá canales para una mayor injerencia de intereses externos en los asuntos políticos de México.

Sin duda, el cambio tendrá aspectos positivos, y hay que verlo con buenos ojos, pero con buenos ojos vigilantes porque también traerá

consigo nuevos riesgos: hacia afuera por el desorden mundial que se convulsiona, y hacia adentro, porque la nueva forma parroquial de hacer política, defensiva por necesidad, puede debilitar la cohesión nacional.

La verdad es que hasta ahora no se ve nada que indique que el próximo gobierno transformará la estructura social y económica de México. Por lo tanto la superestructura, esto es, las instituciones jurídico – políticas seguirán siendo esencialmente las mismas. Las transformaciones anunciadas no indican transformación real alguna, sino que apenas aparecen como un nuevo estilo personal de administrar la inercia que ya viene…

Ojalá que el cambio de régimen –que no toca al Estado ni con el pétalo de una rosa y que por lo tanto no es ni demócrata, ni revolucionario, ni de izquierda- no fastidie los principios democráticos, representativos y populares de México, porque de lo contrario, dado el avasallamiento electoral que monopolizó el poder, que no la autoridad, daría pie a contemplar la posibilidad de ejercer la vía armada, de conformidad con el artículo 39 de nuestra parchada Constitución que reitera el principio vigente, inscrito en el artículo tercero del Acta constitutiva de la Federación mexicana, firmada por los diputados constituyentes, el 31 de enero de 1824 y que prácticamente establece y tutela el derecho a la revolución.

Obviamente que éstas palabras incomodan a los espíritus anodinos y electoreros, pero andando el tiempo, o sea, como dice el tango “con el tiempo y un ganchito”, quizá se verá como la mejor medicina para remediar los grandes problemas nacionales.

Ojalá que no.