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TODOS, A CONSTRUIR PUENTES EN LA POLÍTICA

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Por: Rafael Ayala Villalobos

En La Piedad y en el país, vemos hoy  una seria división entre las personas por razones político-partidistas.

Hay quienes, furibundos, atacan a los partidos sin tener una propuesta diferente que ofrecer, desconociendo que el sistema de partidos podrá tener los defectos que se quiera, pero hoy por hoy, sigue siendo el engrane central de la renovación de poderes por la vía pacífica, reforzado, incluso, por las candidaturas independientes que representan una opción más, un partido transitorio más, no un sustituto.

Acusaciones infamantes van y vienen entre políticos que no lo son y de algunos sectores de la ciudadanía hacia los actores políticos, casi siempre sin propuestas.

Conozco casos familiares en los que  hermanos y cuñados se han dejado de hablar y saludar, mientras sus respectivos jefes políticos, beben café  juntos…

Es cierto que los militantes partidistas le siguen el juego a sus líderes, que consienten que los que gobiernan habiendo salido de sus filas, con una mano eleven impuestos y derechos y con la otra repartan baratijas, pero la mayoría de los militantes de todos los partidos son gente buena.

Tienen el error de aplaudir sin pensar y de practicar una falsa disciplina irreflexiva, pero se trata de un pecado venial, que incluso,  la teología afirma que nadie es condenado al infierno por un pecado venial.

Dejemos eso. Lo cierto es que hay odio en la política, discusiones ofensivas, palabras insultantes, denostaciones sin razón, propuestas bobaliconas que sólo buscan los reflectores, posturas taquilleras y populistas que fingen una dignidad que no tienen.

En la internet circula todo tipo de ofensa, algunos, al no tener acceso equitativo a los medios tradicionales, a veces optan por destilar sus traumas en las redes sociales, convirtiéndolas en lo contrario: antisociales, porque fomentan  el odio, no lo que la sociedad hoy necesita: concordia.

Acusaciones mentirosas o sin pruebas, alegatos ácidos y muchas palabras insultantes, circulan sobre todo en la internet, siempre abierto a circular todo tipo de ofensa. . Algunos han quedado anclados en el pasado y se imaginan que la política es una guerra, cuando es todo lo contrario: la política es la ausencia de guerra.

Los puentes de los espacios sociales, diferentes, pero aceptados y respetados han sido averiados o destruidos. Una sociedad no puede sobrevivir sanamente viendo que su tejido social se está desgarrando. Ahí existe el peligro de los radicalismos de derecha o de izquierda, pero sobre todo la des-humanización de la política, el extravío de la razón y el reino de la violencia.

Más que presentar muchas argumentaciones teóricas, que mi capacidad me impide realizar, quiero contar una historia bonita que puede darnos buenas lecciones y convencernos de la verdad de las cosas. La  historia fue narrada por un padre a quien se la escuché hace tiempo. Héla aquí:

Dos hermanos vivían en buena armonía en dos granjas vecinas. Tenían una buena producción de granos, algunas cabezas de ganado y cerdos bien cuidados. También gallinas ponedoras, de las coloradas que son las más coquetas.

Cierto día tuvieron una pequeña discusión. Las razones no tenían mayor importancia: una vaquilla del hermano menor se había escapado y había comido un buen trozo del maizal del hermano mayor. Discutieron con cierta irritación. La cosa parecía haberse quedado ahí.

Pero no fue así. De repente, ya no se hablaban. Evitaban encontrarse en la bodega o por el camino. Se hacían los desconocidos.

Un buen día, apareció en la granja del hermano mayor un carpintero pidiendo trabajo. El granjero lo miró de arriba abajo y, con un poco de pena, le dijo: “¿Ve aquel riachuelo que corre por allá abajo? Es la división entre mi granja y la de mi hermano. Con toda esa leña que hay en la leñera construya una cerca bien alta, para que no me vea obligado a ver a mi hermano ni su granja. Así estaré en paz”.

El carpintero aceptó el trabajo, tomo las herramientas, y se puso a trabajar. Mientras tanto, el hermano mayor se fue a la ciudad a resolver unos marranos.

Cuando al caer la tarde volvió a la granja,  quedo horrorizado con lo que vio. El carpintero no había hecho una cerca, sino un puente que pasaba por encima del río y unía las dos granjas.

Y hete aquí que pasando por el puente venía su hermano, menor diciendo: “Hermano, después de todo que pasó entre nosotros, me cuesta creer que hayas hecho ese puente solo para encontrarse conmigo. Tienes  razón, es hora de acabar con nuestra desavenencia. ¡Un abrazo, hermano!”.

Y se abrazaron efusivamente y se reconciliaron. El hermano encontró al otro hermano.

De pronto vieron que el carpintero se estaba marchando. Y le gritaron: “Eh, carpintero, no se vaya usted, quédese unos días con nosotros… nos ha traído tanta alegría…”

Pero el carpintero respondió: “No puedo, hay otros puentes que construir por el mundo. Hay muchos todavía que necesitan reconciliarse”. Y se fue caminando tranquilamente hasta desaparecer en la curva del camino de la verdadera política.

Se necesitan puentes y personas que sepan de carpintería política que generosamente sepan trabajar los desacuerdos hacia una comunidad ciudadana que busque el progreso compartido y la concordia social, levantando puentes para que podamos vivir por encima de los conflictos y diferencias inherentes a la condición humana y a los intereses diversos.

Tenemos que aprender y reaprender siempre a tratarnos como una comunidad fraterna.

Probablemente  sea este una de las urgencias éticas y humanitarias más urgentes en el éste momento histórico.