Inicio Estilo de Vida SETENTA AÑOS DE SOLEDAD NO LO HICIERON PERDER LA FE

SETENTA AÑOS DE SOLEDAD NO LO HICIERON PERDER LA FE

309
Compartir

La Piedad, Mich.- Guillermo Colín y Vieyra. Así se llama aquel hombre al que este día se le rinda una emotiva ceremonia. Tiene nombre como de telenovela, pero aunque es un hombre sumamente humilde y hasta tímido, su historia tal vez serviría para que los grandes escritores del mundo llenaran páginas y páginas de libros.

La de Memo, es una historia triste, inenarrable. No son 100 ¡Ni Dios lo quiera!, pero sí 70 años de dura, fría y cruel soledad.

A sus 83 años de edad, aquel hombre de estatura baja, de andar lento, de hablar pausado, pero de gran lucidez mental es, por primera vez, el centro de las miradas.

¡Qué cruel es escribir esto!: tuvieron que pasar 70 años para que alguien le diera un regalo, 70 años para ver que el pastel sobre la mesa era en su honor, 70 años para escuchar que los aplausos eran para él, 70 años para saber que su búsqueda tal vez ha finalizado, que recibir la eucaristía es el premio jamás imaginado.

Nació en la Ciudad de México y siendo muy pequeño perdió a sus padres, entonces quedó solo: sin hermanos, sin tíos, sin primos, sin nadie. Solo, en aquella enorme ciudad de millones de personas. Sólo, en un país tan grande y tan extenso pero que no fue suficiente para darle un amigo, un acompañante, una novia, una esposa.

Confieso que cuando me acerqué a entrevistarlo jamás pensé encontrarme con algo así y mucho menos tocar fibras tan sensibles en aquel ser humano bondadoso que lo único que anhela es encontrarse con Dios. Me sentí culpable de que una de mis preguntas hiciera brotar las lágrimas de Memo.

Eso ocurrió cuando cuestioné sobre cómo había llegado a La Piedad. Apretó sus manos y en su cuello se hicieron visibles los movimientos tensos de los músculos y nervios faciales, señales evidentes que hacen suponer que está por desatarse una tormenta.

Sus ojos se empañaron y derramaron algunas lágrimas, pero el abrazo de una mujer a un lado suyo lo hizo reponerse: ahora, no solo tiene compañeros en el asilo y gente que lo cuida, ahora ¡Tiene una madrina!

“No sé dónde pasé tantas noches, muchas noches, muchos amaneceres; aquí, allá, donde fuera. Dormí en la calle, no sé cuántas veces, no sé en qué lugares, fueron muchos, muchos años”, relata con una voz tan queda que no alcanza a ser registrada por el micrófono con que intento grabar el video de aquella charla.

Las personas que lo asisten en el asilo refieren que llegó a este lugar porque la familia del negocio donde trabajaba pidió que así fuera, pues no tenía a nadie y a su edad no era ya capaz de atenderse solo.

Guillermo, aseguran, jamás vivió de la caridad o de buscar lo ajeno. Siempre buscó la manera de trabajar para ganarse el sustento hasta que las fuerzas ya no lo permitieron.

  • ¿Cómo es que llegó a La Piedad?
  • Ahhhh, caminando, caminando, caminando.
  • ¿A qué se ha dedicado todo ese tiempo?
  • A trabajar, en lo que había. Lavaba platos, barría, trapeaba, lo que me pusieran a hacer, a veces sin comer.
  • ¿Cómo logró mantenerse sano viviendo así?
  • Poco vicio. ¿Alcohol? Muy de vez en cuando
  • ¿Qué significa haber hecho la primera comunión?
  • Es una alegría muy grande, no cabe en el pecho.
  • ¿Por qué no la hizo antes?
  • Murió mi madre, murió mi padre, se acabó todo, me quedé solo, completamente solo.
  • ¿No hubo alguien que lo ayudara?
  • Yo sólo he andado, caminado de aquí para allá, solo durante muchos años.
  • ¿Qué se siente vivir en soledad?
  • Depende a qué altura de la vida. Cuando era niño sufrí mucho, de grande también, se va uno acostumbrando, pero siempre duele, pero duele de manera distinta.
  • ¿Alguna vez se sintió triste, abandonado, con miedo?
  • Miedo no. Triste sí, muchas, muchísimas veces. Pareciera que se acostumbra uno a la soledad, pero no es así, siempre tiene uno que buscar fuerzas.
  • ¿Qué le dio esa fuerza, esa voluntad para salir adelante?
  • Dios y la virgen me protegían, de vez en cuando entraba yo a un templo por donde anduviera y sabía que estaban ahí, esperándome. Así ha sido, hasta hoy.

Una mujer apresura a las demás personas a partir el pastel, ese que algún benefactor donó para la fiesta de Memo, el hombre que no habla de enfermedades, de amores perdidos, de desilusiones ni desencantos, porque su voz, a pesar de todo, es la de un hombre con esperanza, un hombre que sabe y demuestra que aún en la eterna soledad “siempre hay que andar por el camino derecho”.