Inicio El Terruño Se cumplen ya 331 años del Milagro del Tepame

Se cumplen ya 331 años del Milagro del Tepame

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La Piedad, Mich. – Este 25 de diciembre se cumplen 331 de hallazgo milagroso en la Buena Huerta, localidad del municipio de Yurécuaro. De ese hecho nació la fe de todo un pueblo hacia el Señor de La Piedad, santo patrono de esta ciudad del norte de Michoacán.

Las festividades en su honor inician desde el 15 de diciembre y culminan el próximo 11 de enero, durante todos estos días se realizan peregrinaciones por parte de los grupos eclesiásticos y de los diferentes sectores sociales, laborales y empresariales de la localidad.

El milagro del Tepame ocurrió en el año de 1687 a las orillas del río Lerma, al norte de Michoacán, en la estancia de la Huerta entre los pueblos de Yurécuaro y Aramutarillo (así se llamaba en aquel tiempo la ciudad que ahora todos conocemos como La Piedad).

En aquel tiempo, se mantenía de humilde labrador y pescador de bagre un mulato de nombre Juan de Aparicio Segura al lado de su hermana Catalina Segura, mujer de Blas Martín, acompañado de Juan de la Cruz, hijo del primer matrimonio de Blas Martín, señala el texto “El Fénix del Amor”, escrito por el historiador piedadense, Agustín Francisco Esquivel y Vargas.

Un día, víspera de la Nochebuena, Juan de Aparicio y Juan de la Cruz con otros pastores del Lugar salieron al campo a traer leña para su casa, y encontraron un tronco seco de tepame como de una vara de altura y lo trajeron al patio de su choza; allí formaron una luminaria para celebrar la fiesta del Nacimiento de Cristo y echaron a la lumbre el tronco, con otros leños, donde ardió toda la noche. Salió Aparicio a calentarse al calor de la alumbrada y vio que todos los leños estaban hechos brasas y solo el tepame no se quemaba.

Lo sacó de la lumbre, lo tiró a un lado, y tomando un hacha para trozarlo, al tirar el primer golpe arrancó la tecata de medio lado y descubrió el bulto de un soberano crucifijo. En esto salió su hermana Catalina, y advirtiendo que se descubría una imagen, quitó con sus manos el resto de la cáscara, hasta descubrir un pie. Admirados del suceso avisaron a Blas Martín. Quitaron toda la corteza del tronco y descubrieron una imagen en blanco, que sacaron y llevaron a un aposentillo.

 A los pocos días, que fue la fiesta de los Santos Reyes, pasaron por ahí tres indios que eran escultores y venían buscando imágenes que componer. Los llamó Blas Martín a su casa y les encargó que pusieran encarnación a la imagen. A la mañana siguiente volvió a ver la obra y halló en el aposento el crucifijo encarnado y puesto en una cruz, pero los indios escultores habían desaparecido.

Martín pasó a Tlazazalca a dar cuenta del suceso a su cura, que era el Lic. Don Juan Martínez de Araujo. Este suceso ocurría en el año de 1687. A la voz del prodigio, anhelando poseer la imagen, acudieron los pueblos vecinos de Pénjamo, San Pedro Piedra Gorda, Ayo, Atotonilco, La Barca, Ixtlán, Villa de Zamora, Jaconá y los siete pueblos que componían el partido de Tlazazalca, que era Tanhuato, Yurécuaro, Cujuarato, Ecuandureo, Atacheo, Penjamillo y Aramutarillo.

                Convinieron todos a entrar en rifa: tres veces la rifaron y tres veces salió agraciado el pueblo más pobre de todos, San Sebastián de Aramutarillo, que se componía de tres casas, dos de indios y una de un español llamado don Luis Bravo, Administrador de la hacienda de Santa Ana Pacueco.

Luego buscaron nombre a la imagen y echaron en rifa varios títulos “tres veces seguidas salió el de Señor de la piedad. Pusieron entonces en la pobre ermita de ese pueblo al Santo Cristo de Aramutarillo y le formaron cofradía para su culto.

Con ocasión de las fiestas de semana santa, los vecinos de Aramutarillo llevaron en procesión la imagen del Santo Cristo a Tlazazalca, donde se quedó por algún tiempo, mientras hacían una iglesia más capaz en su pueblo elegido, entre los años de 1688 y 1692.