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ME CANSO GANSO, DIJO TÍN TÁN

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Por: Rafael Ayala Villalobos

El que tenemos no es un gobierno demócrata. Por eso ahora son más necesarios que nunca los partidos políticos que quieran que México avance hacia la institucionalidad democrática y la participación organizada de la sociedad en los asuntos públicos.

Quienes quisieran la desaparición de los partidios destilan autoritarismo e ignorancia. No es que yo aplauda sus yerros, pero éstos no alcanzan a justificar que el voto masivo y visceral entronice la dictadura.

Para que un gobierno pueda ser visto como democrático, debe haber surgido del voto popular, sí, pero también conducirse de acuerdo a los principios que nutren la democracia: respetar las instituciones, no gobernar para un

solo sector, tolerar, respetar las opiniones diferentes, no dar marcha atrás a los derechos sociales conquistados, respetar la dignidad de las minorías que no ganaron el gobierno, acatar la división de Poderes, cumplir la Constitución y las leyes que de ella emanan en lugar de moldearlas conforme a sus muy chiclosos caprichos.

Un gobierno que no hace esto, no es democrático y no es legítimo.

* ¡¿No es legítimo?! ¡¿Cómo, si llegó al poder con millones de votos?! –grita Chon, mi perico.

* Lo que pasa –le respondo- es que hay que distinguir entre legitimidad de origen y legitimidad de ejercicio.

Mira, Chon, la calidad de una democracia se mide por cómo los ganadores tratan a los perdedores, a las minorías con mayor vulnerabilidad -como madres con necesidad de trabajar, la primera infancia, entre otras- pero también por su capacidad de disentir con respeto.

En la patria de Hidalgo esto es harto difícil porque en ella gusta la cultura autoritaria, seduce la influencia del caudillo, ataranta el paternalismo y las políticas públicas se reducen al premio y al castigo. Éste ha sido el manantial de nuestras desigualdades sociales y económicas.

Con la argucia de que se es justo y honesto se cometen injusticias, lo que pone desnuda la verdadera intención: el control social y político.

Mientras en el mundo democrático la seguridad pública avanza hacia lo civil, en México regresamos a militarizarla. En tanto que en las democracias adelantadas caminan hacia la tolerancia, aquí esa palabra, la tolerancia, es cosa hueca hasta por cuestiones de cultura: al mexicano no le gusta que lo contradigan, reacciona con furia como si fuera algo personal, cuando se trata de puntos de vista diversos.

Podemos estar de acuerdo o no en cómo el presidente hace gerencia, pero es necesario pedirle que cuando hable y actúe recuerde que es el presidente de todos los mexicanos, que no utilice el metalenguaje con que los mexicanos a veces nos hacemos violencia: la burla, el minimizar errores propios y maximizar los ajenos, el justificar con la moral lo ilegal, o al revés.

No es de un presidente demócrata enojarse, ofender o acudir al show mediático para avasallar con todo el poder del Estado en materia de comunicación.

* ¿Porqué? -inquiere Chon.

Por la sencilla razón de que manda el mensaje de que aquí, con él, no se puede pensar diferente, y eso resta legitimidad de ejercicio a su régimen y calidad democrática.

El chiste, la frase cómica y el humor no deben utilizarse para aplastar la disidencia, polarizar a la sociedad y promover el juego de “tírenle al negro”. Lo peor es que cuando nos reímos de ésos chistoretes manifestamos nuestra vena violenta e intolerante tan bien retratada en la película Roma y en los programas del Chavo del Ocho. Que Tín Tán, dijera “Me canso ganso”, está bien, pero elevarlo a filosofía de políticas públicas, como blasón de intolerancia y necedad, ya no.

No es propio de un sistema democrático que desde la primera magistratura se haga magisterio de polarización, de confrontación, de siembra de odio porque fomenta la pelea; ya ha habido muertes sospechosas en lo que va de éste gobierno, en las que quizá el ambiente crispado fue su caldo de cultivo.

Las buenas intenciones se desdoran cuando las acciones intolerantes y democratistas -que no democráticas- se imponen día con día.

El Gran Morelos, Chon, dio una lección imborrable de tolerancia cuando lo fusilaron. En lugar de maldecir a sus enemigos, dijo abrazando al coronel Concha que lo fusiló,

mirando a su crucifijo: “No nos mortifiquemos más. Señor, su he obrado bien, tú lo sabes, si mal, me acojo a tu infinita misericordia”.

En efecto, la conciencia de los políticos –Morelos lo fue- vive permanentemente aguijoneada por la duda de si están obrando bien o mal. En ocasiones ni la ética, ciencia del bien y del mal, logra despejar las hirientes dudas.

No obstante, la ética ofrece una fórmula práctica e infalible para el caso: que lo que se haga se haga con tolerancia.

La tolerancia sólo la pueden practicar y ofrecer los auténticamente convencidos en lo que se cree, pero que quieren enriquecer sus creencias con los puntos de vista de otros.

Hoy que México camina en una transición, la tolerancia es piedra de toque para construir una nueva y mejor sociedad. Sin tolerancia de nada serviría la democracia más que para que unos hicieran pedazos a los otros, por turnos, claro, conforme la multitud veleidosa lo vaya pidiendo. Y es que no hay cosa más injusta y mutante que la tiranía de la mayoría.

La tolerancia es premisa y condición ética de la democracia. Es su razón de ser. No habría equilibrio ni estabilidad, ni

progreso en un régimen despiadadamente democrático, sin tolerancia.

Se dice que no hay libertad sin justicia y que el camino a la libertad pasa por la justicia. Pero ni la justicia ni la libertad son buenos frutos si en su savia no hay tolerancia.

Por eso la acción política estéticamente más hermosa es la que contempla y promueve la tolerancia.

Y es que la ética reclama a la estética como su forma…, y la forma también es fondo…, dijeron.

Se construye pues un esquema: ética-tolerancia-democracia-justicia-libertad-belleza. Válgase como propuesta pero recordando que sólo la belleza es la verdad.

Quienes luchan a brazo partido por la democracia política, social y económica, no deben pasar por alto que la tolerancia es su presunción ética, su premisa más acabada y, en fin, una brújula infalible.

(El perico Chon ya se durmió…)