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LAS CUENTAS

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Déjame contarte que cuando era niño y me peinaba de ladito no me gustaba que en la primaria del Colegio Vasco de Quiroga, me pasaran al pizarrón a hacer cuentas porque con seguridad sucederían dos cosas: haría el ridículo y mi querido profesor Jorge Ochoa Vaca, me propinaría en la palma de la mano un reglazo, con una regla de madera, cuadradita, de 30 centímetros. ¡Auch!

¿Tú ya sabes sacar cuentas? me preguntaba mi abuelo, don Francisco Villalobos Mendoza, ¡y a tartamudear se ha dicho!. Fue entonces cuando una de mis dos tías, – una es Tolla y otra es Nena- empezó a revisarme la tarea. Pero… seguí sin aprender números. De qué tamaño serían mis orejas de burro que a la muy paciente de mi tía Nena la sacaba de quicio. Fue entonces cuando mi papá tuvo la escalofriante idea de que el profesor Ochoa me diera clases particulares. ¡Hay nanita! El resultado fue que aborrecí más las cuentas. Por más que éste profesor se empeñó, nada más logró hacer de mí un poeta de los números, y eso que fue mi titular en primero, tercero y sexto de primaria, y por si fuera poco, en primero de secundaria. ¡Ya lo soñaba! La verdad es que lo quiero mucho y le estoy muy agradecido. La culpa fue mía. Es de ésos docentes que los llevas acurrucados en tu corazón.

En el aspirantado lasallista las cosas no mejoraron: las matemáticas eran mi coco. Una tarde de martes el Hermano Maitor del aspirantado menor San José, Raúl Valadez García, me hizo ir a su despacho para sentenciármela: “Rafael, si no sacas cuentas haz de cuenta que te vamos a sacar, porque los hermanos lasallistas nos dedicamos a enseñar, ¿y tú que vas a enseñar? ¿las orejas de burro?”. Este hermano sería más tarde Rector de la Universidad Lasalle. De regreso a La Piedad, mi estimado profesor Felipe Pérez Castro, utilizó todo su catálogo motivacional y pedagógico para que me gustaran los números. No aprendí cuentas pero aprendí a amar y a respetar a los maestros como él.

En la preparatoria Mártires de la Reforma tuve dos eminentes maestros de matemáticas: Godoy y Porfirio Landa. De ambos recibí lecciones de constancia ante la dificultades y me beneficié de su gusto por el quehacer magisterial; lamentablemente seguí como pollino. En la UNAM, materias como estadística y matemáticas financieras por poco y me hacen abandonar ciencias políticas y administración pública, sobre todo cuando al inicio de un semestre se presentó un profesor de estadística que al mencionar su nombre enfatizó su apellido: Varas, de inmediato me acordé del maestro Ochoa, y a temblar se ha dicho.

De nada valió tampoco que durante un tiempo mi bien recordado hermano lasallista Ignacio Carabez tomara como penitencia hacerme aprender matemáticas con el método que él creyó infalible: cinco reglazos en las nalgas por cada error. ¿Resultado? mi cerebro bruto y

mis pompas como pentagrama musical. Ni siquiera el hermano lasallista Jesús Gallardo pudo conmigo. Las cosas como que mejoraron en tercero de secundaria, solo que al término del ciclo escolar me corrieron del Vasco de Quiroga, que por comunista, decía la sentencia. La verdad es que yo no sabía ni qué carajos era eso. Años después supe que Lenin, Engels y Marx, pensaban casi lo mismo que yo, pero no en todo. Era algo así como “De Cristo a Marx”.

Bien recuerdo que mi tía, la maestra Luz Heredia Villalobos, de gratísima memoria, me detenía en la calle para convocarme a la disciplina y al estudio en tono afectivo pero admonitorio. Me daba tanta pena que me aplicaba, pero mis circunvoluciones cerebrales no daban cabida a las cuentas.

De plano, mi tío, el profesor Luis Zaragoza, me mandó decir desde la Ciudad de México, que era un caso perdido, pero tal vez en el fondo de su corazón conservó alguna esperanza porque al morir me heredó ¿qué creen?, ¡libros!. Libros que todavía disfruto.

Para mí fue un suplicio aprenderme las tablas cantaditas. Nunca me supe más que las de ida, o sea las de 6 por 8, pero las de vuelta no, 8 x 6, no. Qué vergüenza. En cambio tuve compañeros muy buenos para las cuentas, hasta parecían miembros de alguna cofradía secreta, impenetrable: Humberto Macías, Roberto Mena, Felipe Pérez, Hugo Aceves, Juvenal Aceves, Esperanza Álvarez, entre otros. Y lo mismo en la preparatoria en donde las mejores calificaciones de matemáticas las acaparaban las mujeres. Fue cuando se me ocurrió

que tal vez aprendería a hacer cuentas por ósmosis o mimetismo y me hice amigo de dos compañeritas lindas y aplicadas. Pero nada, ambas preferían mis cuentos que mis cuentas.

¿Cuánta agua hay en la superficie del mundo? ¡Imagínate!, y luego venía la voz machacona del profesor: vamos a ver, ejem, siguiendo la sencilla fórmula de S = 4*Pi*r´2, o sea si se conocen las medidas de la Tierra, cosa que cualquiera sabe – decía el maestro, así como si nada- habrá que multiplicar el radio de la esfera por 3.14159264 al cuadrado, y luego le quitas lo de la parte seca, a razón de tanto más cuanto de los 5 continentes…, ejem, ¿entendieron?. Luego le suman, luego le quitan todo lo demás, a un promedio de 2 kilómetros de profundidad del lecho submarino y te da que hay 1’368,000, 000,000, 000, 000, 000 litros de agua en los 7 mares…¿a ver? ¿cuánta? ¡Nunca pude resolver esta cuenta, hasta ahora que necesité averiguarlo y sé que es fácil y con la chueca.

En familia sufría porque siempre me comparaban con mi hermana, hoy la doctora Laura Inés Ayala, a la que se le deban con facilidad las cuentas. Modosita ella, dedicada, se juntaba con puras niñas (lo de puras es en serio) aplicadas y bien peinadas: Rosita Morales, Esther Álvarez del Arenal y Leticia Bribiesca, entre otras que destilaban inteligencia y constancia. Para colmo tengo un primo que es un genio matemático, un hombre de ciencia a cabalidad: Carlos Bucio.

Cuando “me di gallo” sin matemáticas fue en la carrera de derecho en la Universidad Michoacana, donde comprobé que muchos se habían

metido de abogados por la sencilla razón de que las cuentas eran su pluma de vomitar.

Sin embargo notaba que mis palabras sí las tomaban en cuenta: contar chistes, contar cuentos, contar historias, pero contar cuentas, no.

Me acordaba de aquello que decía: “¿A quién le pides un cuentahílos que no tenga hilo contado?” O de aquello otro: “¿A quién le pides cuentas, si sólo tiene chaquiras, abalorios o sopillos?”, o “¿Cómo pedirle al olmo que te rinda cuentas si sabemos todos que sólo da peras?”,. Y luego el refrán famoso: “Al ojo del amo engordan y al ojo del buen cubero se vuelven puras adivinanzas…”. Aparece la pregunta inoportuna de fin de año contable: “¿Quién te lleva las cuentas?”.

Y es que las cuentas suben y bajan, se rinden y se fiscalizan, se convalidan y se deducen, se saldan, se abonan, se integran, se finiquitan, se ajustan, y además las tienes rojas y negras, y si hay cuenta corriente también ha de haber cuenta fina, por partida doble o sencilla, guardadas a cubierto en el libro mayor, también las hay acreedoras y mucho más deudoras. Total, que hay cuentas para toda ocasión. O como dijo mi amigo Pepillo: “¡a mí no me gustan los númiros ni las cuentas porque son un desmadre!

Pero las cuentas también sirven para sacar la cuenta del año que termina, o del amor que se esfuma o permanece, para sacar la cuenta

de la vida, de sus pérdidas y ganancias. Por eso, como regalito de temporada navideña, ahí te van unos versitos con toda el alma:

LAS CUENTAS

Cuántas cuentas contamos, ¿te das cuenta?/ cuentas de lo que he hecho y de lo que digo,/ cuentas de cuánto he sido tu amigo,/ cuentas de lo que es malo y que no cuenta.

En las cuentas, restar, no tiene cuenta,/ hay que sumar los sueños del amigo/ que sueña y al soñar cuenta conmigo…/ que contar el amor es lo que cuenta,

Cuento que contarás, una por una,/ las cuentas de esta cuenta, sin ninguna/ que te falte en la cuenta o que te sobre.

No cuentes la otra cuenta: la fortuna/ contada con los dedos por el pobre,/ a fin e cuentas, sólo cuenta el cobre.