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LA PIEDAD, MICHOACÁN EN LOS PRIMEROS AÑOS DE LA REVOLUCIÓN

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Según consigna el profesor Jesús Romero Flores en su libro Michoacán en la Revolución, los latifundios más importantes en el entorno de La Piedad en 1910 eran: Rincón Grande, con una extensión de 5,563 hectáreas, propiedad de Sabina Villaseñor y Buenavista de Negrete, con 8,087 hectáreas, propiedad de J. M. Martínez Negrete.

Además de los latifundios mencionados, consigna que existían otras grandes haciendas: La Chorrera, de don Antonio Silva; Quiringüicharo, de don Pedro Serrano; Ucácuaro, de don Francisco Chavolla; Las Fuentes, de don Jesús Ávalos; Monteleón, de don Octaviano Fernández; Cerro Blanco, de don Antonio Silva; Tequesquite, de don Ignacio Peredo; Mirandillas, de don Juan Nepomuceno Bravo; La Tepuza, de don Pedro Jiménez; La Noria, de don Epifanio Jiménez y Tirimícuaro, de don Miguel Meza.

Romero Flores dice que en todas las haciendas y en millares de ranchos, los propietarios ejercían una autoridad casi despótica, tanto ellos como sus hijos, yernos y demás familiares; a dichos dueños o patrones les llamaban amos, con un respeto rayano casi en sumisión; se les hablaba bajando la vista y con el sombrero en la mano. Al lado del amo, pero en jerarquía descendente, se encontraba el administrador de la hacienda, el tenedor de libros o contador, el vicario, si había capilla; el encargado de tienda de raya y los capataces de las cuadrillas. En muy pocas haciendas o ranchos había escuela y si la había era servida por monjitas o madres y se les llamaba, en el obispado de Zamora, asilos. En los demás lugares el maestro de escuela recibía raya como si fuera peón.

Según la Ley Orgánica de División Territorial de Michoacán, el Distrito de La Piedad se forma de las municipalidades de su nombre y de las de Yurécuaro, Tanhuato, Ecuandureo, Churintzio, Zináparo, Penjamillo y Numarán.

El municipio de La Piedad comprende su cabecera, ciudad de La Piedad, Cabadas; la hacienda de Taquiscuareo; y los ranchos de: Río Grande, Guanajuatillo, La Noria,  Acuitzio, Cuitzillo, Calabocito, Potrerillos, Cerca Prieta, San Nicolás, San José, Los Laureles, San Juan del Fuerte, El Fuerte, San Cristóbal, La Campana, San Joaquín, Las Canoas, El Salto, Palo Blanco, San Rafael, Soró, La Torcaza, La Chorrera, Cujuarato, Ojo de Agua de Serrato, Tanque de Peña, Azucenas, El Refugio, Los Guajes, Algodonal, El Zapote, Paredones, Manzo, Jauja, Pandillo, Ticuítaco, Los López, Los Rodríguez, El Jagüey, Santa Anita, Santa Catarina, Los Melgozas, Los Ayalas, Los Morenos, Banquetes y Zaragoza.

En el Periódico Oficial de noviembre de 1910, se publica que en el Distrito de La Piedad habitan 80,939 personas. García Ávila considera que la cabecera tiene 15,000 habitantes y es la cifra que considera el Prefecto Francisco de P. Aranda.

En el Censo General de Población levantado en octubre de 1910, La Piedad que cuenta  con 10, 064 habitantes es la cuarta ciudad en población del estado, después de Morelia, Zamora y Uruapan.

Al finalizar esa primera década del siglo XX, de acuerdo con Sergio García Ávila, empezó a notarse cierta inquietud política en esta ciudad del bajío: «Hasta el norte michoacano se habían infiltrado las ideas antirreeleccionistas de Francisco I. Madero, encontrando eco en algunas personas que no confesaban con el estado de cosas vigente o que de alguna manera fueron relegados por el régimen.

De los más decididos participantes estaban el licenciado Rafael Reyes, declarado antipofirista, que encauzó sus ideas a la fundación del Instituto Hidalgo, centro de enseñanza para obreros y empleados. Su actividad comenzó en 1908, cuando al lado de otras personas fundó una especie de sucursal del Partido Democrático.

Ante la inminente caída de Porfirio Díaz y luego de las múltiples manifestaciones de descontento, suscitadas a lo largo y ancho del país, se fundó en La Piedad el periódico El Germen Democrático, que mantenía relaciones estrechas con el grupo antirreeleccionista. Fue así como en esa ciudad de «progreso urbano y paz política» surgió una fisura, que poco después fue abriendo cauces al movimiento revolucionario.

En enero de 1911, don Francisco de P. Aranda entrega la prefectura al señor Pablo Pérez y en febrero éste se la entrega a Jesús Juvenal Mercado, después será prefecto don Maximiano Velázquez.

El 2 de mayo Enrique Ramírez, Rafael Amezcua, Pedro Aceves, Cesáreo Ortiz y Vicente de P. Cano son los primeros piedadenses en levantarse en armas por la causa maderista. Al rápido triunfo de Madero se preparan para la lucha electoral.

A la muerte de Madero, los piedadenses vuelven a tomar las armas y en mayo de 1914,  Pedro, Alfonso y Ernesto Aceves, Baldomero Ramírez Zenteno, Refugio y Luis Guzmán, José Aguilar, Merced López, José y Félix Cerda, Jaime Carrillo, Jaime Moreno, José Ruiz, Francisco Godínez, Pedro Chavolla hijo, y otros muchos más que se enrolaron de los ranchos inmediatos del Estado de Guanajuato, se reúnen en el rancho de «La Loma» para diseñar los planes de sus acciones.

A partir de ese año de 1914, La Piedad será escenario de acciones de los diferentes grupos revolucionarios.  A  finales de 1916 se inicia la época en que el bandolero Chávez García intenta la toma de la ciudad. En 1917 se conforma la Defensa Civil que impedirá que los propósitos de la Fiera de Godino se lleven a cabo; sus acciones se extienden hasta el fin de Chávez en 1918.

Para 1920 los piedadenses se levantan en contra del gobierno carrancista y después apoyarán las candidaturas de Obregón y Calles.

En 1924 es electo gobernador de Michoacán el piedadense Enrique Ramírez. Después La Piedad sólo enfrentará esporádicos problemas referentes a la Guerra de los Cristeros. Para esas fechas el Distrito Electoral de La Piedad comprendía los municipios de Zináparo, Churintzio, Numarán, Ecuandureo, Yurécuaro y Tanhuato.

Con estos antecedentes, se podrá asomar el lector a esta colección de escritos en que las mejores plumas de nuestro terruño relatan de manera eficaz la lucha y los sufrimientos de los piedadenses durante la Revolución. Encontrará, sin duda, el retrato de los personajes que se vieron envueltos en una guerra fraticida, sin programa y sin método, en que los actores sólo tenían el anhelo de redención de años de sumisión a los amos, pero que mostró su valor y arrojo y su fe en la conquista de una vida más justa y equitativa. Por último podrá dar un rápido repaso a esos cien años de evolución de una ciudad que sin lugar a dudas es capaz de enfrentar todas las crisis y superarlas.

Compilación: Javier Ortiz Rojas