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LA LLORONA, LEYENDA PIEDADENSE

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Texto: Fernando Tejeda Alvarado

¿Quién durante su vida, no ha escuchado cuando menos en una sola ocasión esa leyenda  tan popular de La Llorona?, el relato que va acompañado por el grito no menos conocido de “¡Aayyyy… mis Hijos!”.

La leyenda de “La Llorona” es una de las más populares en la imaginación del pueblo mexicano y una también de las que más han trascendido a lo largo de muchas décadas, desde su aparición en el siglo XVI.

Esta narración menciona que una mujer dio deliberadamente muerte a sus hijos ante la desesperación de la miseria humana que le aquejaba y desde entonces fue condenada a penar, profiriendo lastimeros lamentos en los que alude a la perdida de sus vástagos, mientras vaga por las calles solitarias y el amparo de las sombras de la noche.

La Llorona no fue confinada a un solo lugar pues debería, como parte de su merecido castigo llevar una existencia fantasmal y errante por los siglos de los siglos. Esto último nos explica el porqué de sus apariciones en diferentes poblados.

Son ya horas avanzadas de la noche y los habitantes de Yurécuaro, en su gran mayoría, se encuentran disfrutando de un apacible sueño; otros más, por diferentes causas se encuentran despiertos y los menos caminan apresurados por las solitarias calles empedradas de la población, ya que por causas de fuerza mayor se vieron en la necesidad de abandonar la seguridad de sus hogares.

A lo largo de las calles se alinean las casas de ambas aceras, con sus estructuras antiguas, sus altas bardas de adobe y sus techos de teja roja; sopla un viento ligero pero constante que produce sonidos fúnebres a la vez que mece las ramas de los árboles, mismas que se proyectan en caprichosas sombras que forman figuras fantasmagóricas y terroríficas.

Los perros, como es su costumbre aprovechan la quietud de la noche para llevar a cabo las correrías y siempre en estado de alerta caminan de un lugar a otro sin dejar de mover sus ojos dirigiendo su mirada a diferentes sitios, como para prever que realmente se encuentran solos.

Más de pronto, suspenden todo movimiento corporal, su mirada queda fija a lo largo de la calle, ven a lo lejos, sus orejas se yerguen y sus oídos se agudizan para captar el más leve sonido; sí, algo extraño pasa, el viento trae consigo la señal del peligro, de lo sobrenatural, la atmósfera se satura con vibraciones de lo desconocido y el animal en su sensibilidad capta lo que se avecina; de pronto los fieles amigos del hombre dejan escapar amenazantes gruñidos, que prorrumpen en ladridos; en algunos más estos ladridos dan paso a aullidos, pero sea cual sea el caso, el notable animal se repliega; aquello que empieza a manifestarse dando pruebas de su presencia, no es habitual, no pertenece a este mundo, no es humano.

En un momento culminante e imprevisto, un escalofriante alarido de tonos desesperantes rasga la quietud de la noche.

¡Aaaaay mis hijooos! dice aquella frase convertida en lamento desgarrador, y aún no se extingue completamente la última palabra cuando la exclamación vuelve a escucharse, retumbado en los sólidos muros de las casas.

Dentro de los hogares más próximos al lugar por donde pasa la Llorona se escucha la exclamación “Ave María Purísima”, solicitando la protección de las fuerzas divinas; algunos más agregan “Es la hora mala” “En el nombre sea de Dios y de la Santísima Trinidad”; las personas, presas de un terror que se refleja plenamente en sus rostros se persignan como un medio más de protegerse, recurriendo a su fe.

No igual suerte tiene un desdichado que tuvo la mala fortuna de encontrarse próximo al lugar de los hechos, su cuerpo se sacude en un temblor involuntario y sus ojos captan muy a su pesar, la indeseada escena; aquellas frases desesperadas parten de una mujer, no se le aprecia el rostro; hay demasiada oscuridad, y sus rasgos nos son identificables, pero va ataviada por un largo vestido negro, que le da un aspecto tétrico y parece que sus pies no tocan el piso ¡Flota en el aire! El testigo no espera más, solo han transcurrido unos segundos y haciendo la señal de la cruz abandona prontamente aquel lugar experimentado en cada parte de su cuerpo un miedo cerval y deseando alejarse de ahí lo más precipitadamente posible, mientras aquella alma en pena continúa con su condena, recorriendo las sombrías y solitarias calles, por los siglos de los siglos.