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LA LEYENDA DEL BRINCO DEL DIABLO

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En La Piedad Cabadas, hay un callejón que forma parte de la calle de Simón Bolívar y que es precisamente la última cuadra de la mencionada calle, pues el referido, desemboca en la avenida de Hidalgo, a solo una cuadra de la glorieta de cantera rosa que se encuentran en el boulevard  “Adolfo López Mateos”.

Este Singular sitio es conocido por la ciudadanía piedadense como “El Callejón del Brinco del Diablo”, nombre que le fue heredado por las generaciones pasadas que conocieron plenamente la leyenda que en torno del lugar se desarrolló y que se le conoce en el consenso general como “La leyenda del Brinco del Diablo”.

En la magnífica obra literaria del poeta piedadense don Edmundo M. Flores y que lleva por título “Páginas del Terruño”, editada en el año de 1920, en la tipográfica “La Prensa”,  por los también piedadenses, señores José Ortíz Servín y Próspero Velázquez, se hace referencia, como primer tema del citado libro, a la leyenda en cuestión, la cual en un tiempo fue del dominio popular y que no obstante que cayó en el olvido de los recuerdos de los vecinos de éste lugar, dejó para la posterioridad, plasmado en el folklore piedadense, el nombre con el que se conoce al interesante callejón

La tradición nos relata que antiguamente y en este sitio había un balconcillo, adornado con plantas de sin igual belleza y aromas singulares que se desprendían de ellas: madreselvas, jazmines y purezas daban un toque especial, romántico, a aquel fantasioso lugar, complementado por el claro canto de alondras y clarines que inundaban el ambiente con sus alegres notas de notables matices.

Si hermoso era el lugar, no menos bella era Raquel, mujer michoacana de ojos grandiosos y de profundo color negro, de cejas imperiales y lindísimas pestañas rizadas; complementaban el rostro de gran belleza unos labios  húmedos, rojos y de pequeñas dimensiones, que bien entonaban en el armónico conjunto de sus rasgos; tal era esta mujer piedadense, que compartía  la belleza de aquel romántico balcón que la enmarcaba.

Una noche, en que la luna nueva lentamente se ocultaba  robando poco a poco la tenue luz que iluminaba la faz de la tierra; una luz débil, con escasos brillos de plata que iluminó la majestuosa figura de Raquel que destacaba en el descrito balcón, como quien busca o espera ansiosa algo de su cabal satisfacción, así se perdía su mirar en las ya desiertas callejuelas de la adormecida Piedad; había un total silencio, roto solo ocasionalmente por algún ruido de los comunes en  la  noche;  si  acaso  el  ladrido  de un perro o el no muy lejano murmullo de las tranquilas aguas del cercano Río Lerma, o el ruido de las ramas de los árboles que se mecen al compás del viento…desde la reja de su balcón, Raquel, la hermosa mujer piedadense, esperaba ansiosa a su Ruiz.

Eran ya las doce de la noche, pues así lo anunciaban al reloj de su alcoba y pese a que Ruiz vendría desde Yurécuaro, se dijo para sí: “para él que es un gran jinete, y para el empuje de su fogoso alazán tostado, la distancia no es larga”, concluyó  con hondo suspiro y con gran deseo de verlo a la mayor brevedad posible.

No bien había formulado su deseo cuando se escuchó en las calles adyacentes el rítmico ruido que producen las herraduras de un corcel al estrellarse contra el suelo: no había duda, se acercaba rápidamente; los perros, movidos por extraño pavor aullaban pavorosos y un fulgor extraño por momentos se refleja, iluminando las desiertas calles de la ciudad; todo acontecía por donde los sonidos se escuchaban, aquel ambiente extraño y pavoroso acompañaban al rítmico ruido que producen las herraduras.

A los instantes siguientes aparecía por la calle un apuesto jinete, montado en un brioso y fuerte caballo que prontamente redujo la distancia, hasta quedar situado en el balcón de la bella Raquel; tras esperar un instante se dirigió a la dama exclamando apasionado: “Adorada Raquel, aquí me tienes. Mucho he tardado; más escucha por qué princesa mía”.

Raquel  no le dejó continuar, un súbito temor se apoderó de ella y con palabras que lo reflejaban, se lo refirió a Ruiz al momento mismo que agregaba: “Veo en tus ojos un miedo que me aterra, y los vagos perfiles de tu rostro se me antoja macabra pesadilla”

Si, la cara de Ruiz reflejaba un aspecto desconocido, algo diabólico y terrible; en su interior algo funesto  le avisaba y sobrecogida de cerval espanto le pidió a su acompañante se alejara: “Vete, vete Ruiz; te lo suplico; quiero rezar… ¡tengo miedo, mucho miedo!”.

La respuesta  fue de inaudita furia por  parte del apuesto charro quien determinante sentenció:  “¡Calla, calla! ¿Irme? ¡No, no me iré sin ti; tu serás mía, mía eternamente! ¿Lo oyes Raquel?  ¡Eternamente! Así lo quiero y así tendrá que ser. Pese a los cielos.”

En ese mismo instante se escucharon los melodiosos sonidos de una guitarra, acompañados de una voz de un hombre, aquella voz de inmediato fue conocida por Raquel, ¡Era la voz de Ruiz! Una voz que enamoraba entonaba un romántico madrigal, pero… ¿Y quién es su acompañante?

“Salud linda Raquel”, repuso el charro que con ella se encontraba al momento que elevándose apoyado en los estribos de su montura, tomaba y sellaba con sus labios un beso en la delicada mano femenina.

El miedo de Raquel fue extremo y encomendándose a las fuerzas divinas, por aquella tremenda e insospechada emoción de terror, se desplomaba pesadamente.

En ese preciso instante y tras azotar la guitarra que se escuchara momentos ante, hizo acto de presencia Ruiz, varonil,  gallardo y valiente, que tomando como suya la afrenta, prefería decidido reto a aquel desconocido que se le asemejaba,  su voz vibró decidida, mientras que su mano, veloz como el rayo, extrae la pistola que en la funda pendía de su cinto,  no tardó un solo instante y rabioso se proyectó  contra el desconocido, al momento en que en sentencia recomendaba: “¡Encomiéndate a Dios infortunado!”

Por toda respuesta estalló estridente carcajada de caracteres sarcásticos a los  que siguió una terrible blasfemia; jinete y corcel reflejaron en sus ojos un brillo infernal; característica arrancada del averno y obligando al bruto con insana a emprender veloz carrera, se proyectó calle abajo hasta desaparecer en la oscuridad de la noche.

Como prueba irrefutable de aquel  acontecimiento, al día siguiente, en la mano de Raquel la misma que su inesperado visitante de la noche anterior besara, mostraba una huella calcinada, la marca de unos labios de fuego provenientes del infierno mismo.

La bella Raquel, había quedado marcada con el estigma diabólico y al paso de los días, la terrible experiencia vivida fue quedando rezagada, no sin que se comentara el caso sin el temor reflejado en los rostros de quienes lo referían y de quienes lo escuchaban; la propia Raquel, se dice llegó a externar, con cierto dejo de arrogancia, cuando alguien le recordaba en desafortunado encuentro: -“si me ha de llevar el diablo que sea en buen caballo”; nunca habría de imaginar que sus comentarios llegarían a consolidarse en la realidad, pues se cuenta que cierta noche obscura, cuando las tinieblas cubrían con su negro manto las calles de La Piedad antigua, Raquel viéndose sorprendida en las afueras de su hogar el diablo, en la figura de un apuesto charro, espoloneando con insana fuerza a su bruto se proyectó a la beldad michoacana y tomándola por la cintura en centellante movimiento, la llevó consigo en los lomos de su infernal corcel; se proyectó en dirección al rió por la torcida calle inmediata que conducía a este y “brincando” por sobre los paredones que formaban el suelo  de irregular cantera, tepetate y tierra, el diablo con su preciada carga se perdió entre las tinieblas fundidas con la nieblas emanada de las riveras del río.

Desde que esto ocurrió el lugar fue conocido por todas las personas vecinas de la ciudad como: “El Callejón del Brinco del Diablo.”