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LA LEYENDA DE LA MISA DE LOS ESPECTROS

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A la margen izquierda del Río Lerma, donde se estableció La Piedad Cabadas se erigió la edificación en honor al culto de la Purísima Concepción, templo que daría el popular nombre a ese barrio de: La Purísima. Edificio magnífico en el que los fieles creyentes de la iglesia católica derraman su fe en la Madre del Salvador.

A espaldas de este templo, las aguas del Lerma surcan el espacio que canaliza la corriente, tocando los muros del sacro lugar; ininterrumpido es el canto del líquido que en su recorrido entona  y los árboles que se mecen obedeciendo los caprichos del viento, se alinean, con sus verdes y frondosas ramas, en ambas márgenes.

Durante el día, el paisaje luce hermoso y atractivo a los ojos de quien a él acuden, pues el paisaje de ensueño se engalana con los primores de la madre naturaleza; más sin embargo , con la perdida de la luz del día, que ocasiona el ocultamiento del sol, desaparece también la alegría que se crea en el lugar y da paso al temor natural que obedece a lo desconocido: cuando el viento se manifiesta por las noches, las ramas de los árboles entonan un canto sobrecogedor que se complementa por la densa obscuridad  y las sombras se antojan seres sobre naturales presentes en la tierra.

El temor de los piedadenses se acrecienta al recordar quienes lo vieron o quienes por referencias lo conocen, los casos que en el área de la Purísima fueron por algún delito ajusticiado, dando cabida a la creencia de que los inmolados se aparezcan en el lugar. Todos  los temores de los ciudadanos, aunados a los poco agradable el lugar durante la noche, crean, como consecuencia un ambiente desconocido, de  relación sepulcral ”algo”  de otro mundo.

Al caer la noche, la gente evita pasar por el lugar, por causa del temor a lo ultraterreno.

Eran las dos de la mañana y las personas, tranquilos ciudadanos, descansan en los interiores de sus casas, cuando el toque de una campana llama a los fieles a misa; es una hora indispuesta para el santo oficio y la gente que la escucha, presa del inmenso pavor pide a Dios por el eterno descanso de las animas benditas, ya que se piensa que son ellas las que solicitan aquella misa a la que se convoca.

En una noche de viento frío y lluviosa, una mujer de sólidas convicciones religiosas y entregada plenamente a los deberes de Dios, escuchó el toque de la campana llamando a misa y sin importar la hora que era, se dirigió al templo a cumplir con el sacramento; al llegar se encontró con que el lugar estaba pletórico de personas y tomando su libro de oraciones, se incorporó al grupo que ahí ya se encontraba; la mujer permanecía  concentrada en sus oraciones sin reparar a su alrededor  y así permaneció hasta que la misa se dio por concluida, más de pronto la piadosa mujer levantó su rostro y ante su sorpresa y creciente temor se percató de que todos los ahí presentes, el sacerdote oficiante, el monaguillo que lo auxiliaba y la gente que a su alrededor se hallaba no era sino una población de fantasmas, de difuntos, que en actitud suplicante rogaban que se les diera descanso eterno.

Pasada la terrible experiencia, aquella mujer, que en carne propia había vivido el hecho, contó al párroco del lugar la historia que en la Purísima   se había desarrollado, sin omitir detalle del acontecimiento; la noticia pronto se hizo del dominio popular y la población piedadense dando el caso por verdadero explicó lo acontecido diciendo que  seguramente aquel sacerdote no era sino un Padre que había muerto  quedando a deber algunas misas y que de esa manera cumplía con la deuda contraída, al decir misas de espectros.

Texto: Fernando Tejeda Alvarado