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INTIMIDAD

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Escribir por gusto, sin temas impuestos y publicar periódicamente es un quehacer entrañable. He podido hacerlo por la generosidad de algunos medios: Vida, Despertar, Etcétera, AM, Infometrópoli, Panorama Bajío y La Redacción, de La Piedad; algunas pocas veces en Z y Guía de Zamora; en Por Esto! de Yucatán y El Porvenir de Monterrey durante mi estancia por esos lados. Antes, cuando estudié la preparatoria, con unos amigos publicamos El Machete.

Hacerlo me mantiene despierto, atento a lo que ocurre tanto aquí dentro de mí como allá afuera. Me regala, además, lectores como tú, sin los cuales el oficio perdería casi todo su sentido.

Necesito, eso sí, algo para poder contar que represente a lo menos un chispazo en mi vida. Aquello que sucede demasiado lejos de mis sentidos y de mi espíritu, aquello que no alcanzo a distinguir de ninguna manera, que puede ser el agave de un tequila que no soy capaz de procesar y que es casi todo lo que ocurre en el mundo, simplemente no lo cuento, me abstengo de contarlo, no tiene ningún sentido para mí escribirlo. Una vez le oí decir al periodista Manuel Buendía en su clase en la UNAM a la que me metía de vez en cuando como oyente, que del periodismo lo que más le interesaba era la intimidad. Me gustó como lo dijo. Me gustó lo que significa.

Me interesa la intimidad. La propia y la ajena. La del fondo de tu alma, la que a veces te cuesta ver y reconocer, la que te hace frágil y vulnerable, la que te convierte en absurdo, contradictorio y pequeño, y también aquélla intimidad que a veces te regalan otros, cuando te permiten visitarla: amores, sueños y risas, dolores, ideas y el privilegio de una amistad, aquélla inesperada historia que nos reconforta leer o escuchar de boca de uno de los amigos que fuimos haciendo en el sendero de la vida o que por casualidad se cruzaron con nosotros, como esas historias increíbles y divertidas que contaba mi amigo Pancho Rodríguez -que Dios lo tenga en su santa gloria-, activísimo él y honorable servidor público en la Jurisdicción Sanitaria de La Piedad, por quien el tiempo nunca tuvo prisa en pasar y muriendo le ganó tiempo al tiempo, rellenando de tristeza irremediable mi alma.

Desde muy joven que ando buscando esa intimidad. Tal vez esto explique en parte por qué siempre he querido escribir sólo sobre lo que me interesa y desechar lo que no, por qué escribo de lo que me da la gana y como me parece. A veces me resultó y otras tantas tuve que entregarme a las reglas de la política, de la resignación y también del aburrimiento, especialmente cuando otros eran los que decidían de qué escribir y cómo hacerlo.

A mí los periodistas que más me gustan son aquéllos que mejor cuentan historias hasta ese momento íntimas y privadas, en donde el alma humana y el mundo que la sostiene son los verdaderos protagonistas, y donde la clave no es ni la venta de ejemplares y vistas, ni la captura de publicidad, ni la rentabilidad a la que hoy todos tratan como si fuese la verdadera y única moral de nuestros días, ni a esa nueva diosa: la ganancia.

Los periodistas que al final más me interesan son aquéllos que narran historias heroicas de vida, la de esa viuda que saca a sus hijos adelante, la de ese enfermo terminal que no suelta su alegría, la de aquél anciano que todos los días barre con su escoba de reumatismo el frente de su casa para que su pueblo esté limpio, todas esas que tal vez no fueron totalmente rentables para sus empresas, los que investigaron el reportaje libremente, los que entrevistaron al personaje como si fueran amigos, los que tuvieron el temple para denunciar con responsabilidad y sin odio, los que se tomaron el tiempo suficiente para narrar con libertad y gracia, para pensar en voz alta sin miedo, o que simplemente regalaron belleza gráfica y escrita allí donde costaba encontrarla.

Olfateo una dictadura que viene, que está brotando del alma nacional que idolatra a los calpulelques, caciques y caudillos, que ya empieza a sustituir periodistas analíticos que se conducen con honestidad intelectual por voceros del régimen, propagandistas-títeres, como parte del afán monopolizador y centralista –por ello conservador- que estamos viviendo.

También olfateo una dictadura del mercado en algunos medios periodísticos, la fuerza de una tormenta que parece inevitable, una tormenta que amenaza que arrasar los últimos vestigios de romanticismo que han acompañado al oficio periodístico. Pero aún quedan las historias, la intimidad de la que hablaba Manuel Buendía y con la cual todavía podemos sintonizar.

Por eso me gusta mi oficio de colaborador. A ratos me doy cuenta de que uno pone la vista y el alma en unos pocos asuntos, de un modo más o menos repetitivo. Carezco del tino necesario para informar con asertividad sobre lo que se supone está sucediendo en el mundo. No sé

hacerlo: me especializo un poco más en aquéllas corrientes subterráneas que nos ocupan cuando nos sentamos en la mesa de un bar o de un café a apurar una Tecate o una taza de expresso sin un propósito fijo.

No sé anticiparme a los hechos y adivinar qué podría suceder mañana por éstos lados, como esos que opinan presumiendo que todo lo saben. La actualidad así entendida me saca la vuelta como si fuera glorieta. Y ni hablar del poder: ahí me declaro casi incompetente. Sospecho algunas cosas, encuentro razón en otras, me gusta cuando un poder se instala apoyado por la razón y la emoción de la gente, pero me asusta cuando suben al pedestal a alguien sólo guiados por la emoción porque luego devienen en gobiernos autoritarios, verticales, que se sienten dueños de la verdad.

Veo con tristeza cómo en México no hay instituciones sólidas y las que hay las están desapareciendo. Unas pocas por ahí andan, pero no son útiles a las personas. Hay una democracia de plastilina rancia por estancarse en lo electoral sin avanzar a otras formas de democracia participativa, ni mucho menos a la democracia económica. Y allí es donde el buen periodismo se hace más necesario que nunca.

Por eso me gusta el otro privilegio: el de no mandar, el de no detentar ningún poder y entretanto escribir líneas sin un propósito determinado, líneas imperfectas, íntimas, de mi corazón al tuyo.

Y sin embargo cuán necesario es que participemos políticamente para construir una comunidad de valores, libertad y justicia social.

¿Contar historias íntimas servirá para eso?