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EL AMOR EN LA CRISIS

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Mientras la economía familiar es golpeada por la crisis económica ocasionada por malos gobiernos neoliberales del PRI y del PAN, y agravada por el populismo del actual gobierno, conviene voltear los ojos al amor. No al ágape, ése amor supremo, incondicional y excelso, no, sino al amor entre hombre y mujer, al amor afectado por el régimen de la oligarquía que estrenó gerente.

La vida no es más fácil hoy que ayer por la sencilla razón de que lo que hay es un cambio de caras y estilos personales de gobernar pero un mismo sistema de explotación oligárquico que encuentra formidable aliado, inconsciente, en algunas mujeres.

Hay mujeres que apuntalan el sistema como si fueran oligarcas supremas. Envidian al hombre y buscan afanosamente parecérsele en su género de vida dormida, pasional. De ahí su empeño en acceder al mundo laboral, político y académico, desconociendo que “los que buscan oro escavan mucha tierra y encuentran poco (oro”

De ahí viene el enredo de funciones entre el hombre y la mujer, la des-parejización de la pareja y por resultado toda esa gama de patologías sociales que degradan hoy la vida humana.

Pero vamos más al fondo.

Te pregunto: ¿Es cierto que se vive por el alma? No que se viva teniendo alma, sino que por ella se vive.

También te pregunto: ¿Se ama con el alma?

La vida, que tiene necesidad de una continua ascensión, tiene en el espíritu –de los cristianos-, de la psique –de los griegos-, del alma –de los latinos-, su columna principal. Por ella sueña la belleza, la virtud y la verdad, para no morir al dolor y a la náusea de la vida dormida, esa que no tiene ideales verdaderos sino acaso metas de la zoología inferior: capturar información, lamer ciencia moderna, trabajar por razones culturales y no naturales, engordar, mear, crecer, reproducirse…, pero ¿amar, lo que se dice amar…?

Te pregunto: ¿Cómo entender al amor, al otro ser amado? ¿Qué es el amor, un amigo o un enemigo? ¿Acaso las dos cosas, por turnos? Si la relación tiene como centro que el otro no deja que se le adueñe, ¿qué es uno para el otro?

En el fondo de la gran verdad no existe ni el tiempo ni el espacio y sin embargo afectan a algo tan ajeno a lo material, como lo es el amor.

El tiempo enfría los amores y las distancias acaban en huidas que parecen emboscadas. El tiempo y el espacio se llevan lo mejor de cada uno y permiten comprobar la fragilidad de las palabras: ayer felicidad rebosante, hoy el caos.

Y es que como en muchas cosas, en el amor todo es síntoma. Si no, ¿por qué a unos la ausencia los deshace y a otros los integra, como que hasta pisan más fuerte?

Difícil labor la de intentar llevar de la mano la moral y el amor. Habría que reinventar otro tipo de seres para lograrlo sin sufrimiento. O, de plano, reencarnar todos en los florentinos del renacimiento. Aseguran que no tenían prejuicios amorosos o políticos: vivían amando lo que temían y sintiendo que su enemigo es su dueño.

¿Por qué encapricharse en que alguien ama a otro habiendo tantos en el planeta? ¿Por qué entender el amor como problema y no como solución? ¿Por qué como guerra puesto que se quiere como conquista del otro? ¿Por qué se ama a quien nos mata por dentro, a quien daña con el tono de voz, a

quien en los momentos cúspide niega la palabra, esa voz del alma?

La gravedad de la vida impide vivir el amor. Los rigores de la cotidianidad oligárquica le son al amor como las ramas de espinas a la flor. Poseer es nada y gozar es todo, pero no se acepta por los convencionalismos sociales.

Debería cada amante estar dedicado a inspirar al otro la misma dicha sentida en lugar de luchar en vano por hacer que el otro sea como uno. O en ser cada quien según su naturaleza y no en fabricar hombres mujerujos y mujeres hombrerujas. Las mil y una noches son los mil y un vacíos.

¿Qué pasa cuando uno ignora los sufrimientos del otro, cuando no se ayuda a la recuperación del amor, de la salud mental? ¿Qué pasa cuándo se van construyendo mundos paralelos? Se desperdicia la oportunidad de aprovechar el ir y venir de la luna y el sol.

San Agustín, muy práctico, dijo: “Es mejor perderse en la pasión que perder la pasión”.

¿Será?