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¿CON VALOR O CON REDES?

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POR RAFAEL AYALA VILLALOBOS

Ya se sabe que nada es bueno ni malo en sí mismo, sino que su benignidad o maldad depende de porqué, de cómo y para qué se usen. Lo malo de las redes sociales es que los papás no aconsejan a sus hijos a utilizarlas bien, con responsabilidad, nunca en clases, ni para hacer bromas o molestar a los demás, ni para perder el tiempo, o para estar viendo la pantalla cuando se está en compañía de alguien. Desde chicos pueden aprovechar la tecnología para hacerse el bien propio y el bien común, o todo lo contrario…

Es necesario que los adultos guíen a los menores en el uso de teléfonos inteligentes y redes sociales, porque no son juguetes.

Por ejemplo, cómo intercambiar fotografías de sus actividades sin poner en riesgo su propia seguridad y la de los demás.

Un pequeño debe saber que las personas que conoce por internet son en realidad desconocidos, que si se conectan deben desactivar la opción de geo-localización, que deben denunciar ante sus padres o mayores las agresiones o abusos contra ellos, por mínimos que sean.

Es bueno enseñarlos a ser prudentes con la información personal que se comparte por la red, a crear una cuenta de correo exclusiva para registrarse en los sitios de redes sociales, a no dar información que pueda identificarlos.

Es mejor usar un sobrenombre, no poner fechas importantes para las contraseñas, como la de nacimiento, revisar los ajustes de privacidad, pedir a sus amigos que no publiquen información personal sobre ellos, en fin…

En lo político, las redes están enredando la democracia.

Parece que las redes sociales llegaron para quedarse. Nuestra sociedad individualizada grita en ellas, opina y critica, pero casi sin consecuencias porque no derrotan desde lo virtual las imperfecciones del mundo real, sino que más bien las reproducen. Satisfacen con likes el malestar personal pero no el comunitario.

Horizontales como son, ni informan ni organizan. Tantos miles de hashtags, ¿qué han hecho? Muy poco, por lo mismo: ni organizan ni movilizan, mucho menos han ganado batallas por sí solas. Mucho menos siembran concordia.

¿La Primavera Árabe?. Bueno, en ella las redes fueron un factor importante de convocatoria, pero sin llegar a reemplazar la necesidad de organización real. Finalmente salió beneficiada la oligarquía.

Son la consagración de la comunicación, que con su forma horizontal esconde tras pantallas a la sociedad individualizada y egoísta, con sus virtudes y defectos. Son, además, vehículos para emplazar ridiculeces, encueradera corriente, destilar baja autoestima y posturas políticas perversas.

¿Porqué las redes sociales han contribuido a que nuestra sociedad mexicana esté tan polarizada? Porque generan debate, no diálogo; competencia, no colaboración; porque casi siempre difunden odio y mentiras, no concordia.

Lo que ahora hay no es libertad de expresión sino expresiones manipuladas. En las redes sociales hay reacciones que buscan un rating para una bandera o para hinchar la vanidad, pero no suman a la reflexión y al compromiso no virtual, sino real.

La prueba de que las redes sociales por sí solas no generan cambios positivos es que cuando mucho, quienes han hecho un uso más o menos experto de ellas con fines políticos, de todos modos necesitan de organizaciones predeterminadas: partidos políticos, sindicatos o candidaturas independientes, que son, sin duda, partidos transitorios.

El problema reside en que hoy se piensa ganar luchas mediante una suma de opiniones (el falso líder provoca, alienta, que muchos lo elogien, o bien, que ataquen a quien se le opone, además, crea perfiles o cuentas falsas desde donde practica el “tírenle al negro”). Todo ello no alcanza a ser una estrategia

como la de una organización política de verdad, por ello es que las redes sociales en cierta medida, amenazan la democracia.

Sin estrategia, las redes sociales pasan del catastrofismo sin tonos ni acentos a la desilusión crónica y se convierten en sembradoras de escepticismos. Son llamaradas de petate que de repente logran algo: una obra pública, una concesión, una victoria electoral…, a lo que sigue el silencio depresivo.

A mí me tocó vivir, siendo estudiante de la UNAM, el sismo de 1985: la clave para solucionar problemas inesperados por el desastre fue la organización real, la reunión, el debate y la asamblea comunitaria, para generar cambios y ganar batallas, empeñando la vida.

En tiempos de la dictadura priísta, cuando ser de un partido de izquierda era delito de disolución social, mientras se fraguaba una reforma político – electoral, la vía armada fue necesaria. La concientización, la organización cara a cara, la acción dirigida, lograron abrir cuarteaduras en el régimen dictatorial con disfraz de democrático. Los mensajes eran transmitidos de voz a oído, arriesgando la vida.

Ninguna revolución se ha hecho calumniando mediante el micrófono o las pantallas cibernéticas, ni mucho menos sin estructuras comprometidas y organizadas. ¿Porqué? Porque para empezar es la verdad la que liberta.

Dije ninguna revolución, ninguna transformación, no llegar al poder por el poder mismo por la vía electoral, así que no me pongan de ejemplo a Trump, Obama o similares… Si las redes sociales no hacen ganar elecciones y, a lo sumo, le restan votos a los oponentes, mucho menos construyen comunidad.

Las revoluciones se hacen, si son de verdad, con valor, no con mensajitos.

Hoy, pese a la gravedad de los problemas, todo parece detenido. Lo éticamente correcto es expulsado de la política y se prefiere ejecutar lo que políticamente, pragmáticamente parece atinado.

Se festejan las divisiones y los linchamientos en nombre de la “verdad verdadera” y los aires de intolerancia satanizan cualquier discrepancia.

“Creen que somos tontos…”, se dice continuamente en redes sociales. Tontos no, pero ingenuos, a veces cobardes y mentirosos, sí, que pensando que sin

organización real ni estrategia, ni sacrificando algo de la vida privada para servir a la pública, se puede avanzar.