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¡ CÁLMATE ¡

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El otro día gocé de la compañía de mi amigazo Filolao García, platicando y bebiendo café “La Lucha”, de Uruapan, en Morelia, el único que le compite al café cordobés a la buena hora de mezclarlo con leche hirviendo, derramada desde lo alto para que haga espuma. Entre esto que lo otro recordamos una serie televisiva de los años setenta que se llamaba “Dallas” y cuya narrativa era que varias familias emparentadas que vivían en Texas eran inmensamente ricas gracias al petróleo, lo que les permitía tener lujos indecibles. La serie comenzó siendo de las llamadas “de relleno” durante algunas semanas, pero llegó a emitirse durante más de once exitosos años consecutivos y fue exportada a la gran mayoría de las televisoras del mundo.

La trama se desarrollaba así: los personajes eran infelices pero ricos, las infidelidades eran el pan de cada día, lo mismo que los fraudes y crímenes de todo tipo. La lucha por el poder, el dinero y los malévolos planes eran la sal y la pimienta del programa que, por cierto, se transmitía los domingos en la noche. Todo se valía con tal de conseguir los objetivos que

cada quien tenía. Vivían atropelladamente, de prisa, con tensión, sin saborear los momentos, ni siquiera al beber un buen Whisky o un degustable vino rojo. Todo era permitido y posible en la carrera por llegar a ser más que los demás.

Si sólo hubiera sido una serie de televisión, pasaría, pero fue aceptada masivamente porque su popularidad surgió de la gran cantidad de personas que se vio reflejada en los personajes.

Filolao, que acaba de salir de una enfermedad grave –una bacteria en la médula espinal- me comentó que cuando lo desahuciaron entendió que no había saboreado la vida. Lo sentenciaron a tres meses de vida pero lleva aliviado un año gracias a que cambió de estilo de vida, de consumo y de amar sin reservas, empezando por amarse a él mismo como nunca lo había hecho.

“Dejé de ser criticón”, me presumió. “Dejé de controlar y de querer tener siempre la razón; prefiero ser feliz”, concluyó con su sonrisa que me recuerda al candil central del Santuario del Señor de La Piedad, que tiene 630 focos y pesa tonelada y media, austriaco, por cierto. Luego sacó de la bolsa de su saco de pana canela un papel arrugado.

“Mira –confesó- es una carta de nuestra amiga Ivonne que me envió un mes antes de desaparecer, y que tiene que ver con lo que estamos platicando”.

Me la leyó con su voz de tenor amoroso:

“No vivas a la carrera, la vida no es una carrera. ¿Alguna vez te haz parado a observar a los niños jugando? ¿Haz intentado escuchar las gotas de la lluvia al tocar el suelo? ¿Alguna vez haz seguido el vuelo de una mariposa o contemplado el sol en un atardecer?”

¡Para por un momento! Detente y piensa. No bailes tan rápido, el tiempo es corto, la música de tu vida prestada no durará siempre. ¿Andas corriendo todos los días? ¿Cuándo preguntas a alguien cómo está…, escuchas lo que te contesta? ¿Cuándo el día se acaba te acuestas en tu cama con las próximas cien cosas que tienes que hacer dando vueltas en tu cabeza? ¿Sonríes todas las veces que lo necesitas?

¡ Debes detenerte ¡. ¿Alguna vez le haz dicho a tu hijo, “Lo haremos mañana”, y al decirlo con tanta prisa… ¿estás realmente ocupado?, ni siquiera puedes ver la tristeza en su mirada… ¿Alguna vez haz perdido contacto… dejando una buena amistad, morir porque nunca tuviste tiempo para llamar y decir “Hola”?

Cuando corres muy de prisa para llegar a algún lugar, te pierdes todo lo divertido del camino de tu existencia. Cuando te preguntas y te apresuras durante el día, no saboreas el día que el Mero Patrón te obsequió…, entonces es como si hubieras tirado a la basura un regalo sin abrir…

La vida no es una carrera….

Amate y ama.

Vive más despacio, escucha la música antes de que se acabe la canción de tu vida…”

Luego platicamos de nuestras novias.