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A REÍR SE HA DICHO

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Por: Rafael Ayala Villalobos

Decía mi amigo Lalo Villaseñor Meza, que diciembre es el mes más difícil para los negocios y el manejo de las emociones. Es cuando los zarpazos del pasado te alcanzan a arañar, afirmaba. Y tenía razón porque tendemos a hacer recuentos, incluso los medios de comunicación los hacen.

No me gustan nada los balances de fin de año que hace el periodismo.

Adivine adivinador: quiénes ganaron el premio Nobel…, que tal o cual partido político perdió, los casos de corrupción altisonante, las matazones al por mayor, aprehensiones de hampones, inundaciones, terremotos, mezquindad política, tragedias macabras matizadas con partidos de fútbol y algún toque de heroísmo para recordarnos que el amor a la vida todavía debería conmovernos. Y el broche de oro: el regreso del viejo régimen disfrazado de nuevo régimen.

Las malas noticias son reemplazadas por unos días por los fuegos artificiales de la Parroquia del Señor de la Piedad en medio de la algarabía popular y del regocijo de los niños, por haber bajado del altar la escultura patronal como cada diciembre. Sí, ese mismo crucifijo que te sigue con su mirada aunque te muevas de lugar.

Fin de año. Mi propio balance. Se murió una amiga linda a la que quería, se murió la mamá de otro amigo, a mi familia han arribado algunos desajustes de salud. La burra de Elías tuvo de repente cuates sin que se le notara el embarazo. Tengo muchas más canas, preocupado que estoy por cómo va el gobierno municipal. Fui un poco mejor que el año pasado, pero sigo imperfecto y quejumbroso. Leí algunos libros estupendos. La mafia del colesterol y la de los triglicéridos se han unido para cobrarme plaza. Me van a hacer un colon por enema y lo que más temo es que me vaya a gustar. Amé, fui amado y como dijo el emperador “Nada humano me es ajeno”.

Que la moda contable, periodística y política se vaya de puntitas al diablo. Los festejos de la Cuarta Transformación no marcan nada. El cambio verdadero es el tuyo y el mío, el que sepamos vivir con intensidad el día a día, convencidos de que esos pequeños aprendizajes de lo bueno y de lo malo, serán un tesoro para recordar el año que viene y perdonarme y perdonar con mayor agilidad como el Mero Patrón manda.

El año 2018 concluye. Viene otro año aplanado por el sistema, la internet y la televisión, los balances periodísticos, las encuestas de popularidad, la inflación de los precios… Me contento con trabajar y leer, con compartir el alma con familiares y amigos, leer libros, ayudar cuando puedo, tomarle la mano a mis queridos si se dejan querer, disfrutar un plato de comida hecho por mí, escribir para mí y dos o tres personas más que todavía no han entregado su alma a las imágenes, brindar por el milagro de estar vivos, ver películas como El camino a

casa, Yo recuerdo, Hace mucho que te quiero, o La vida es bella, bebiendo una Tecate.

Me niego a mirar los balances mentirosos de los políticos de siempre aunque se cambien de color, el fracaso futbolero de México, la violencia que lastima, el robo de gasolina a Pemex…, todo ello no es lo principal de nuestra historia. También me niego a lo que otros hacen: si les va bien, es por ellos, si les anda mal, es por culpa del gobierno.

Prefiero caminar inhalando y exhalando aire cotidiano al andar por el sendero incierto y a veces bello que me corresponde vivir para ir acercándome a la verdad y a la belleza: qué magnífica meta a alcanzar para cualquier mujer u hombre que todavía respire: venir de Dios y saber volver a él.

En el balance a veces sumamos y restamos amistades. Desde la primaria no me ha gustado jugar al amigo secreto. Prefiero a los amigos de verdad, aunque sean pocos y no tengamos la costumbre de vernos con frecuencia ni de hacernos regalos cada rato. Tampoco me gusta regalar por regalar, ni siquiera en Navidad. Pero claro, me encanta cuando alguien me hace un regalo inesperado, especialmente si lo hace para testimoniar cariño. El otro día un amigo me regaló a bocajarro “Eva Luna” de Isabel Allende, con ésta dedicatoria: “Ríete más en 2019”.

Y sí, hay que reír más. Recuerdo a un conserje – policía donde viví en la península. Don Eusebio, que mataba las horas de su turno nocturno

viendo televisión duro y tupido, como casi todos los veladores que conozco para no morirse de aburrimiento. Alguien me dijo que el trabajo de velador era emocionante, sí cómo no, a ver, hazlo tú.

Cuando estaba en la preparatoria, mis amigos decían de alguna chica facilona que se dejaba meter mano: “está más prendida que un televisor de velador”. Y es que los dichos populares son certeros. Lo curioso de don Eusebio es que se ríe a carcajada limpia todos los días del año y durante muchas horas. Es divertidísimo escucharlo, un día no aguanté más y salí a preguntarle de que se reía tanto. Me contestó casi llorando de risa, pero sin dejar de mirar a la pantalla para no perder el chiste que seguía de la Familia Peluche. A don Eusebio le encantan las películas de Cantinflas, igual que a mi papá que ya murió – y que está a la izquierda del Padre, porque decía que a la derecha ya había mucha gente- y asegura que las tiene todas en CDs. Me dijo que ése tipo de diversión es un retrato de la pura vida real pero con risa. No le creí. Qué tontería la de uno. Creo que en el fondo envidio a don Eusebio, a él le da lo mismo que esas series televisivas sean de risas grabadas y un rosario de boberías facilonas y felices para hacerte más llevadero el tiempo.

Si todos nosotros –incluidos los gobernantes coléricos que ahora se inauguran- riéramos como don Eusebio un par de horas al día mientras hacemos nuestras faenas, la salud mental del país no sería una maravilla, pero algo mejorarían las cosas. Voy a consultar a mi psiquiatra Ibarrarán, él debe tener una respuesta o alguna teoría sobre la materia. Estoy seguro que ha reflexionado sobre el origen del exceso de caras de palo, personas trompudas y malos gestos que

acompañan a la gente en la calle, en las oficinas de gobierno, en los transportes, en los hospitales, en las empresas, en los hogares. “Falta de alegría por la vida”, “falta de endorfinas”, seguro que me contestará, o “baja dosis de risa”.

Así que a darle, a estar más prendidos que el televisor del velador, a respirar el día, a negarse a hacer balances deprimentes, a no dejar que los políticos y los delincuentes nos fastidien la vida irrepetible.

Hay que reír más en el 2019, pero desde éste fin de Año, eh.